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Se cumplen 50 años del mayor ataque guerrillero en Argentina

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El 23 de diciembre de 1975, unos 250 guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo se desplegaron en el Gran Buenos Aires e intentaron tomar el Batallón de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno” para llevarse diez toneladas de armas, pero se transformó en la mayor derrota militar del ERP de su historia.

Se cumplen 50 años del mayor ataque guerrillero en Argentina - Revista Salvador

Hace medio siglo la Argentina vivía uno de los diciembre más calientes de su historia. El Gobierno encabezado por María Estela de Perón se debatía en una encerrona que parecía no tener salida, una encerrona que a mediados de mes lo llevó a anunciar que adelantaría las elecciones presidenciales al 17 de octubre del año siguiente, cinco meses antes de lo previsto, como una manera de descomprimir una situación que lo tenía como a un boxeador que, a punto de caer groggy, buscaba refugio contra las cuerdas: la inflación anual orillaba del 300 por ciento, miles de muertos y desaparecidos por la violencia política y el malestar social se cocinaba en una olla a presión y nadie apostaba a su continuidad.

La situación se tensó todavía más el jueves 18 cuando un sector de la Fuerza Aérea, liderado por el brigadier mayor Jesús Orlando Cappellini, intentó derrocar al Gobierno constitucional. La chirinada fracasó al no obtener el respaldo de las otras armas, no porque los comandantes en jefe del Ejército y de la Armada, Jorge Rafael Videla y Eduardo Emilio Massera, tuvieran alguna vocación democrática sino simplemente porque consideraron que aún no había llegado el momento de hacerse con el poder.

No se habían apagado todavía los ecos de la asonada de los aviadores cuando, a las siete menos diez de la tarde del 23 de diciembre, un numeroso contingente de combatientes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) inició el ataque al Batallón de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno”, en Monte Chingolo, la mayor operación guerrillera de la historia argentina.

El ataque reunió a las tres compañías que tenía la organización en Buenos Aires, reforzadas por militantes de otros lugares del país. La acción involucraba a 250 guerrilleros y tenía como objetivo político frenar el golpe de Estado en marcha, que finalmente se concretó tres meses después. El objetivo militar era llevarse más de diez toneladas de armas y municiones. El grupo principal debía tomar el cuartel y retirarse con las armas; las otras unidades tenían que neutralizar puestos policiales y, sobre todo, las rutas y accesos que deberían tomar los refuerzos de los regimientos 7° de La Plata, 3° de La Tablada y 1° de Palermo.

Los setenta combatientes del grupo de ataque debían encontrarse en un punto fijado a quince minutos del cuartel: desde ahí saldrían en una caravana encabezada por un camión seguido por dos pickups y cuatro autos. El camión tiraría abajo la puerta donde estaba el puesto 1 de guardia. Enseguida, los guerrilleros se desplegarían en pequeños grupos y podrían reducir la resistencia de las compañías de seguridad y de servicios. Gracias a su poder de fuego y la sorpresa, ocuparían los tres puntos neurálgicos: la guardia central, el casino de oficiales y los depósitos de armas.

Otros dos grupos debían cortar el camino General Belgrano para impedir la entrada de refuerzos y cubrir la salida de los camiones y los coches. Al mismo tiempo, varios comandos cortarían los caminos entre la Capital y el sur del Gran Buenos Aires: sobre todo el puente de La Noria y el Nicolás Avellaneda. Las comunicaciones de los atacantes eran a través de walkie-talkies con el comandante de la acción, Benito Urteaga, quien se quedaría en una casa y consultaría con Mario Santucho, quien estaría en otra casa.

De acuerdo con lo planeado, los guerrilleros tendrían tiempo para escapar y esconderse: los partidos de Quilmes, Avellaneda y Lanús serían, hasta la mañana siguiente, una especie de territorio liberado. Al mismo tiempo, una unidad coparía una estación de radio para transmitir una proclama de la comandancia del ERP instando a los argentinos a sumarse a sus filas y enfrentar el golpe que estaban planificando las Fuerzas Armadas.

Sin embargo, lo que había pretendido ser un ataque por sorpresa se había convertido en una trampa mortal. Los militares los estaban esperando y muchos de los atacantes cayeron en los primeros minutos de combate, cuando desde las alturas del tanque de agua y desde otros puntos estratégicos les llovieron ráfagas de balas, pero otros lograron dispersarse y abrieron fuego.

En un principio, el ataque estaba planificado para el lunes 22 de diciembre al atardecer, pero el informe de un soldado simpatizante del PRT-ERP hizo que se postergara. El conscripto le advirtió a su contacto del ERP que las guardias estaban reforzadas por “alerta roja”. Al saberlo, Urteaga consultó con Santucho y decidieron suspender la acción, pero dejaron acuartelados a los 250 guerrilleros. Esa noche la comandancia del ERP recogió otros informes y supo que el “alerta roja” se había dado en muchas unidades militares: lo atribuyeron a los coletazos de la sonada de miembros de la Fuerza Aérea, encabezada por el brigadier Jesús Capellini, que había cesado el día anterior y que terminó con un cambio en la cúpula aeronáutica.

El martes 23, luego de que el soldado informara que se había levantado la alerta, el ERP lanzó el operativo. En plena tarde ocuparon un hotel de alojamiento de Quilmes y entraron unos setenta miembros de la organización guerrillera. Salieron luego en autos con las armas listas. El jefe del grupo de ataque, el capitán Abigail Attademo, quiso comunicarle a Urteaga que iba a proceder. El walkie talkie no contestó y Attademo decidió seguir adelante.

Un camión Mercedes Benz embistió el portón de entrada del cuartel, que saltó en pedazos. De adentro le dispararon fuego a discreción. El camión zigzagueó y se incrustó contra una garita. El chofer estaba muerto sobre el volante. El camino quedó abierto y el resto de los coches entró como pudo. Algunos guerrilleros se bajaron, otros metieron acelerador y se mandaron al fondo. Muchos atacantes cayeron en esos primeros minutos. Otros consiguieron abrirse paso y se dirigieron hacia sus objetivos.

Uno de ellos lo contaba, poco después, en el Estrella Roja, el órgano de prensa del ERP: “Cuando estuvimos a cincuenta metros del portón —estábamos en el sexto vehículo— escuchamos las primeras ráfagas. Bajo intenso fuego enemigo, entramos decididamente al cuartel y tomamos por el camino preestablecido. En los otros grupos, apenas entramos, ya había varios compañeros muertos y heridos. Nos tiraban con ametralladoras pesadas y FAL de todos lados. Era evidente que nos estaban esperando”. Más adelante agregaba: “Comenzaron a pasar los helicópteros artillados disparando con Mag y trazadoras. Desde la torre empezaron a tirar con balas explosivas. Les tiramos con FAL y Máuser. En ese momento explotan granadas de gas asfixiante en una de las piezas de la guardia central… Al rato llegaron los tanques, nos cañonearon desde la plaza de armas… Sentí una mezcla de tristeza y bronca al ver que teníamos que dejar a algunos compañeros que estaban heridos y no podían moverse, pero eso se transformó en orgullo al escuchar que desde la caldera los heridos cantaban la marcha de nuestro ERP”.

Combatieron durante horas dentro del cuartel, hasta que finalmente, los sobrevivientes pudieron replegarse y escapar. La represión a los comandos del ERP se extendió a las villas miseria que lindaban con tres de los cuatro lados del cuartel. El barrio Iapi, frente al Batallón de Arsenales, albergaba a unas 5.000 personas. Santa María, a un costado, no tenía más de mil pobladores. El barrio 25 de mayo daba a las espaldas del cuartel y era el más poblado: cerca de 10.000 habitantes.

El ERP no tenía casas operativas en esas villas ni trabajo político entre sus habitantes. Había, en cambio, cierta presencia de Montoneros, a partir de unidades básicas abiertas tiempo antes por militantes del Movimiento Villero Peronista y la Juventud Peronista. Pero los locales de esas agrupaciones habían sido levantados por los ataques y amenazas de grupos de los intendentes de Avellaneda, Herminio Iglesias, de Lanús, Manuel Quindimil, y de Quilmes, José Ribella: las villas estaban en la intersección entre esos tres distritos.

Los cincuenta guerrilleros que pudieron retirarse del cuartel antes de que amaneciera el miércoles 24 de diciembre atravesaron las villas miseria. Muchos recurrieron a los pobladores para orientarse o esconderse por un rato o para que los guiaran hasta cruzar el arroyo Las Piedras, detrás del barrio Iapi; en algún caso llegaron a refugiarse en las casillas de los villeros para hacer las primeras curaciones de heridos.

Los militares no entraron en las villas antes del amanecer, pero usaron las ametralladoras de los cazabombarderos de la Armada y de los helicópteros del Ejército sobre las viviendas y zonas descampadas de los tres asentamientos hasta la madrugada cuando ingresaron con tanquetas y soldados de infantería. Los militares avisaban por altoparlantes que nadie saliera ni se asomara hasta nueva orden. Mientras, las patrullas del Ejército allanaban casa por casa y detenían indiscriminadamente: cientos de pobladores fueron llevados al cuartel para interrogarlos sobre posibles militantes del ERP escondidos en sus casas y pasaron Nochebuena y Navidad atados y encapuchados. Otros habían quedado tendidos en las villas, atravesados por las balas.

Después del ataque fallido, los responsables de contrainteligencia del PRT-ERP no demoraron en descubrir que los militares estaban alertos y esperándolos porque tenían un infiltrado. Se llamaba Rafael de Jesús Ranier, se lo conocía como “El Oso” y operaba a las órdenes de un oficial del Batallón de Inteligencia 601, el mayor Carlos Antonio Españadero.

A mediados de diciembre de 1975, Ranier le informó a Españadero que sus jefes del ERP le habían multiplicado sus tareas, con epicentro en el Sur del Conurbano Bonaerense. Le habló de traslados de personas a casas operativas de la zona, de un gran movimiento de armas, de concentración de guerrilleros.

Españadero llevó estos datos a sus superiores en el Batallón 601 de Inteligencia y los analizaron a fondo. La conclusión no demoró en llegar: el ERP preparaba un ataque a alguna instalación militar de la zona sur del Gran Buenos Aires. Casi al mismo tiempo, dedujeron que se trataba del Batallón de Arsenales de Monte Chingolo, en el Partido de Lanús.

La decisión fue dejar que el ERP actuara, para que cayeran en una trampa. El Ejército iba a esperar a los guerrilleros en el cuartel. Por esos días, El Oso no sólo pasó diariamente información, sino que a instancias de Españadero hizo una escala durante un traslado de armas y explosivos para que el Ejército los dejara inservibles: muchos fusiles FAL volvieron a manos del el ERP con los percutores inutilizados y a las granadas les neutralizaron los sistemas de retardo para que explotaran en las manos de quienes las lanzaran.

Ranier fue detenido por un comando del PRT-ERP a principios de enero de 1976 e interrogado durante varios días. El 13 de enero confesó y escribió una carta relatando lo que había hecho, que luego fue publicada por la revista de propaganda del ERP, Estrella Roja. Le dieron a elegir cómo quería morir: de un tiro o con una inyección letal. Eligió la segunda opción. Esa misma noche, cuatro guerrilleros metieron su cadáver en un auto y lo dejaron abandonado en el barrio porteño de Flores con un cartel que decía: “Soy Jesús Ranier, traidor a la revolución y entregador de mis compañeros”.

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Eduardo Huaity González

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