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Maradona y la Argentina patética

Una muerte y dos países

Se ha consumado la mayor de las felonías, aquella de utilizar un símbolo de la Argentina contemporánea como fue la figura de Diego Armando Maradona, para tentar lograr por el exitismo lo que por la inteligencia y la política no podrá alcanzar jamás el gobierno de Alberto Fernández y Cristina viuda de Kirchner.
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Sencillamente porque ellos no son inteligentes, son vivos, pícaros en grado superlativo, genios del engaño y maestros de la ilusión colectiva. Impunes manipuladores de la necesidad ajena.

La jornada en que “El Diego” partió de este plano tridimensional debió ser un día para el recuerdo, para la emoción agradecida de quienes crecimos con la magia de su zurda que logró lo que los militares no pudieron, humillar a los Ingleses.

Era el día en que el “Diegote”, fascista de izquierda, sembrador de hijos, coleccionista de mujeres teñidas, peronista de alma y extraño ejemplo de un marxismo de vida capitalista, ponía punto final a su vida excéntrica pero seguramente muy, demasiado sufrida en su interior. Ese día tenía que ser histórico, pero el intento de la manipulación oficial lo convirtió en un día para el olvido.

El “Pelusa” no merecía un final tan escandaloso, con hinchas disputándose los espacios con la policía y entre ellos. Derramados por la Capital del país violando toda normativa sanitaria, todo orden público y toda elemental conducta cívica.

Pero al fin y al cabo, ni el ilustre muerto ni la horda de semidesnudos, alcoholizados, drogados y violentos, tienen la culpa. El primero porque no quiso morirse y los otros porque los invitaron a desfogar todos sus resentimientos, sus frustraciones y empoderarse de anarquía.

Una muerte, una oportunidad

La muerte de Maradona fue una oportunidad regalada por los dioses para un gobierno que está terminado antes de comenzar. ¿Cómo dejar escapar el protagonismo de dos o tres días que sería transmitido “Urbi et Orbi” para mostrar que “gobernaban” a un pueblo feliz?

Si desde la muerte de Juan Domingo Perón que no existía la posibilidad de viralizar unas exequias presentándose ante el mundo compungidos, apoderados de ese féretro que resumía toda esa composición de sentimientos casi irracionales que el amor por los ídolos fecunda en los palurdos. Era un gran negocio.

Sin darse cuenta o quizás a propósito, esta gente que ocupa la Casa Rosada mostró que para ellos “La Patria no es el otro”, sino ellos mismos, porque los agota la codicia y la soberbia. ¿De qué “Patria” hablan si no reconocen a nadie más que a ellos mismos? ¡Ellos son la Patria! Su “Patria”, claro.

Dos Argentinas

Mostraron que hay dos Argentinas, la de los que trabajan todos los días y son exprimidos con impuestos, y aquella de los subsidiados, de los jibarizados que entienden que la historia es una maniquea puja entre “Macri la puta que te parió” y “Vamo a volvé”. Si, es la Argentina de los que volvieron para terminar de exterminar todo vestigio de orden, de autoridad, de moral, de espiritualidad, de decencia, de mérito, de esfuerzo, de todo…

Quedó demostrado que en la Argentina de los decentes, los ciudadanos no pueden salir, no pueden reunirse con la familia ni ver a los afectos lejanos. Ni siquiera tienen el derecho de darles sepultura porque se los arrebatan y los tiran donde les queda bien. En esa Argentina del trabajo y la pulcritud no se puede transitar libremente, no se puede estudiar porque no hay escuelas abiertas, no se puede opinar porque son castigados por las Redes sociales, no se pueda nada de lo que se puede cuando funciona la Constitución Nacional.

Quedó demostrado que la Argentina posible es la de ellos, la de los indolentes destrozando todo a su paso, la de los permitidos reunirse en millonarios mítines, drogándose a vista y paciencia, tomando hasta quedar exhaustos en las calles como parte de los desperdicios que se tiran sin fijarse donde. Es la Argentina del choripán y el “Tetra”, donde todos con “Kumpas”, ni siquiera compañeros que por lo menos es una categoría más edificante.

El mundo vio asombrado cómo patotas de individuos con fauces abiertas y miradas extraviadas se paseaban por el Patio de la Palmeras de la Casa Rosada y utilizaban como piscinas sus fuentes. El mundo vio que en Argentina es posible pasearse a metros del despacho presidencial rompiendo, vomitando, orinando y destruyendo bustos de ex presidentes de los que desconocen todo.

Todo aquello fue una presentación surrealista donde se llegó al absurdo de que el titular del velatorio deba ser desalojado en prevención de que pudiera ser profanado, mientras se levantaban todos los equipos de televisión y de luces en prevención de que fueran robados.

Ese momento en que se llevaron el féretro del Diego configuró el clímax, la apoteosis protagonizada por un grupo de degenerados que ingresaban violentamente a la Rosada y de otros que los dejaban hacerlo. ¿Se merecía el jugador de fútbol más grande de la historia este penoso fandango.

¿Qué sigue?

Nada, no sigue nada. Porque nada bueno se puede esperar de quienes han bastardeado el punto final de una existencia destacada. Se debe esperar la profundización de la grieta que divide a esta Argentina.

Sigue el enriquecimiento sin límites de los que ya están enriquecidos o comenzando a hacerlo. Y el empobrecimiento de los que ya han caído bajo la línea de pobreza. En el fondo de esa grieta yacen apellidos ilustres, no por linaje o aristocracia, ilustres por su trabajo, por su esfuerzo, porque fueron argentinos que criaron hijos con principios y no “bendiciones” manutenidas por el Estado. Yacen prestigios hollados por esos que “saltan para no ser inglés”, cuando seguramente no saben ni dónde queda Inglaterra.

En el fondo de esa grieta yace la Argentina decente, limpia, saludable y sustentable.

En las calles, continúan multiplicándose los hijos de la nada, los anómicos militantes del País de Nunca Jamás… porque Jamás, Nunca, tendrán un País.-

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