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Tras los muros, del Convento, sordos ruidos o el retorno de los fariseos

La provincia de Salta provee al periodismo nacional de un nuevo escándalo, esta vez potenciado porque se trata de una riña entre ensotanados/as. Que el arzobispo de la pacata Salta sea arrastrado a los Tribunales seglares cual reo por violencia de género constituye una vergüenza indecible para un pueblo supuestamente católico.
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Hemos de decir “supuestamente católico”, porque lo único que tiene para exponer ese Pueblo es la manifestación masiva de la Fiesta del Milagro que más se realiza por tradición que por convicción. Si acaso el Pacto de Fidelidad tuviera efectos concluyentes en esta sociedad, sería de esperar que el día 16 de setiembre, finalizada la novena, se experimentaran cambios en la comunidad, pero nada cambia, sino que se empeora como lo muestra la realidad.

Hay que dejar los fanatismos y los dogmas que se repiten como babuinos amaestrados y pensar ¿Qué cambios ha experimentado la salteñidad con tanto Milagro a cuesta? Si es una provincia que encabeza en el país los peores índices de pobreza, marginación y violencia de género. La discriminación es una realidad, la caída de la solidaridad que empuja a diario a miles al trabajo informal o a la mendicidad para sobrevivir con apenas algunos mendrugos, los índices de mortalidad infantil que no cesan, la cantidad de niñas madres embarazadas por abusos sexuales, e incluso, el hecho de tener tras las rejas a notorios ministros del culto católico, debieran tomarse como señales de que algo no está funcionando.

Ninguna regla es general, sería impiadoso pensarlo así. Allá vienen desde los lugares más recónditos los caminantes con sus imágenes a cuestas. Los misachicos emocionan por su simpleza y profunda fe. Son los simples que llamaba la Iglesia medieval, los que no están contaminado de posmodernidad ni tecnología, los que rinden culto a la Pacha y rezan a la “Mamita” Virgen. Y tantos otros en los distintos niveles de la sociedad que obran con piedad y justicia, aún en las clases altas. Pero son los menos.

El problema no es el Señor ni la Virgen del Milagro. Antes bien, ¡Pobre el hombre que se anima a vivir sin Dios!, como sea que lo conciba. Tampoco el problema es la Virgen del Cerro. ¡El problema son los hombres dominados por el ego, por el poder y el hedonismo! Los que calzan las sotanas y los que perjuran ante la Biblia cuando asumen los cargos públicos.

El catolicismo ha causado el retraso de Occidente por lo menos en 500 años. Piénsese nada más que mientras Cristóbal Colón afirmaba la que Tierra era redonda basado en el estudio de la cartografía templaria, en la lectura de los científicos de la época, el Papa y sus consejeros seguían pensando que el mundo terminaba en las Columnas de Hércules y que los barcos que trasponían esa línea (El Estrecho de Gibraltar) eran fagocitados por seres monstruosos, cuando en realidad los verdaderos monstruos eran los Pontificios Consejeros que en el 1600 habían quemado vivo con leña verde a Giordano Bruno, que habían anatematizado al Maestro Aristóteles, a Copérnico y que casi se hacen con la vida de Galileo Galilei.

En problema no es Dios, es problema son los tonsurados que violentaron el mensaje profundamente liberador del Evangelio, que abandonaron el espíritu de la primera comunidad cristiana que enseña San Pablo, que se apartaron del Cristo que vino a fundar un pueblo sacerdotal y profético y no una casta de sacerdotes que se sirvió siempre del Pueblo.

Tan perversos pueden llegar a ser los tonsurados que no trepidaron en quemar a sus propios hermanos en la fe por cometer el “pecado” de pensar. Testigo son los frailes franciscanos de la primera época mandados a perseguir por el pontífice y ser destruidos por la “Santa” Inquisición, por ejemplo. Los santos sacerdotes languidecen en los puntos más lejanos de la civilización, son los que los purpurados mandan como en tiempos regios a “evangelizar naturales”, los que auxilian en el parto, en la vida y en la muerte a sus fieles y que terminan sus días en la soledad más abyecta.

Podríamos mencionar tantos casos de sacerdotes que entregaron su vida santamente al ministerio y que la Curia local dejó librados al abandono en sus últimos días. Que fueron echados de las habitaciones que se disponían para ellos, que murieron en la pobreza asistidos por manos piadosas que en muchas ocasiones ni siquiera eran católicos. De estas cosas no pueden negarse los purpurados de la Curia, como tampoco de haber torcido el camino de la Justicia “apretando” a jueces para conseguir fallos favorables. De organizar dentro de la Curia reuniones políticas para desestabilizar a determinado funcionario, intendente o diputado que les resultaba incómodo, y así una lista extensa e interesante de situaciones, algunas de las cuales hemos sido casuales testigos.

Ahora hay quienes se rasgan las vestiduras porque sale a la luz una disputa entre el arzobispo y las monjas del Carmelo de San Bernardo. Cuando escribimos estas líneas memoramos el dolor con que aquellas monjas nos confiaban ya hace dos décadas los improperios con que este arzobispo, Mario Antonio Cargnello, las amonestaba por acunar la devoción de la Virgen del Cerro.

En cierta oportunidad, un prelado de esta Curia, nos interpeló sobre si creíamos o no en la Virgen del Cerro, y la respuesta fue: “No tenemos elementos para decir que sea verdad, pero tampoco podemos caer en la soberbia de negarlo. En todo caso, la Fe es una experiencia individual, y si creer en que la Virgen se aposenta en el cerro provoca cambios espirituales, sanaciones y hasta conversiones, ¿por qué hemos de oponernos?

No creemos en las grandes manifestaciones religiosas como el Milagro –por lo dicho anteriormente- y porque las grandes obras del Señor siempre se dieron en la intimidad: desde la Anunciación hasta la Resurrección. El caso de Bernardette en Lourdes, en Fátima, se dieron en círculos íntimos y luego, cuando el tiempo fue preciso se hicieron populares.

Sólo los pervertidos de espíritu pueden regodearse al ver a la cabeza de la Iglesia de Salta involucrado en un conflicto propio de un lumpen. Es un acto grave de soberbia y hasta de estupidez, siendo claro, que la primera es la mejor manifestación de la segunda. Es un acto tristísimo para un Pueblo que su pastor arremeta contra una mujer y encima consagrada. Dentro de la Iglesia Católica las mujeres consagradas tienen una estima superior que en ese caso no sirvió para detener la egolatría de la que está poseído el “GranBonete” como llaman dentro del rebaño de pastores, por así llamarlos.

Para las monjas de San Bernardo la presencia de la Virgen del Cerro bien puede ser un hecho cierto. Ellas mantienen una guardia de 24 de oración frente al Santísimo y en ese Carmelo se han obrado milagros portentosos como aquel producido cuando un ministro de la Eucaristía, un conocido médico de Salta, al dar la comunión a las monjas halló en el fondo del cáliz un pedazo de carne que, dicen, se comprobó que era tejido humano. O la hermana, cuyo nombre guardaremos por respeto, una joven que recibía los mensajes de la Virgen dentro del Convento y a quien conocimos y nos escribiera sendos mensajes que una vez leídos hubimos de incinerar por pedido expreso. ¿De qué viene a asombrarse ahora el señor arzobispo?

La talla del conflicto transcurre no por la veracidad de la aparición o no de la Madre, sino porque ese movimiento trasiega miles y miles de fieles cada semana que llegan desde cada punto del orbe y que lógicamente mueven una interesante cantidad de dinero que la Curia ni ve pasar.

Con todo derecho hemos de preguntarnos si acaso, esas monedas fueran acaudaladas por el ecónomo curial y el arzobispo, cual Alejandro VI (El Borgia) pudieran contemplar la bolsa rebosante del vil metal, ¿No sería posible que hasta bendijera estas apariciones? No lo sabemos. Y no lo sabremos.

El Maestro Aristóteles decía que la única verdad es la realidad, y hoy, ésta marca la caída de un tiempo de dominio del catolicismo que jibarizó cientos de miles de mentes, que generó conflictos espirituales y psicológicos a miles y que frustró incontables vidas vendiendo estampitas mientras ellos compraban títulos que cotizaban en bolsa.

Se estiman en más de 500 los inmuebles que posee la Curia en la provincia de Salta. Los templos y las instituciones confesionales gozan de subsidios y prerrogativas que en una República como la Argentina violentan el Artículo 16 de la Constitución Nacional que pregona la igualdad ante la ley. El poder y el brillo de las monedas ha cegado las mentes de los curiales que han mostrado su peor rostro, el de la intolerancia y la codicia.

Un acto de contrición del arzobispo Cargnello sería extender su renuncia indeclinable y retirarse a un hospicio a meditar sobre qué inclinación tiene su balanza. No juzgamos, ninguno, ni siquiera Nos, tenemos la balanza equilibrada, antes bien, las cuentas por saldar pesan más que las obras pías, pero al menos, tratamos sin tener ministerio alguno de ser consecuentes con aquello que está en la base del Evangelio y que plasmara Ulpiano en los principios del Derecho: “Vivir honestamente, dar a cada uno lo suyo y no dañar a nadie.”

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Eduardo Huaity González

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