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San Martín, el excomulgado

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Por Jorge Oliver

El libertador no sólo era militar, pasa que su actividad castrense eclipsó históricamente a la de un gran político. Sin embargo su pensamiento y actividad política fue tan extensa como sus largas y ya épicas campañas militares.

Los primeros en hablar de un San Martín masón pintaron ese perfil guerrero…“San Martin no tenía otro pensamiento, otro anhelo, otro trabajo que el de organizar una expedición a Lima, sin cuya caída el juzgaba y a fe que era un alta y acertado juicio, que jamás la América española podría conquistar su independencia. Chile no era pues para él, ni un desenlace ni una conquista. Era simplemente una ruta militar que le era preciso seguir hasta golpear con sus cañones las puertas del poderoso reinado”, señalaba Vicuña Mackenna.

San Martin era un masón formado en el seno de un grupo de élite al que Francisco de Miranda, el venezolano universal, le puso todo su empeño ya que de eso dependía el triunfo de la Revolución Americana. No sólo Perteneció a la Gran Reunión Americana, tal como se llamaba el reducto donde desarrollaba su actividad en Europa, sino que era un hacedor de Logias en Suramérica.

Ya había armado una en Mendoza mientras hacía los preparativos para el Cruce de los Andes e hizo lo propio apenas pudo en territorio chileno. La logia lautarina de Santiago fue inscripta inmediatamente después de la Batalla de Chacabuco, quedando O’Higgins al mando de la misma.

En las batallas y escaramuzas en territorio chileno se dan muchos episodios masónicos que serían curiosos para el lector que desconoce los códigos de fraternidad que exige la Orden. José Antonio Álvarez Condarco (su compadre también Masón, quien compone la Logia L’Union Francaise N° 17 de Nueva York y en 1827 la Logia Filantrópica Chilena de Santiago, presidida por el Alte. Manuel Blanco Encalada), salva su vida gracias a que le hace un símbolo masónico a su captor, un oficial del Ejército Realista; otro ejemplo es el hecho que vivió Juan Pio de Tristán y Moscoso cuando es derrotado en la Batalla de Salta a manos del Generral Manuel Belgrano. Hay otros episodios narrados por Iriarte, Espejo, Martínez, Guido, Villamil, García Camba, entre otros patriotas de la guerra por la  independencia.

Los integrantes de esa Logia chilena eran empresarios poderosos que aportarían dinero para la expedición de San Martin, quien conseguiría en Chile lo que el Gobierno del Rio de la Plata le había negado: $500.000 para llevar a cabo la expedición libertadora al Perú, verdadero centro neurálgico del poder español en América. De Gandía señala que “los empresarios ingleses se rehusaron a prestar esos fondos, Chile en cambio lo había hecho y la expedición de San Martin zarparía para la hazaña inmortal”. Luego, ya en épocas del Director Pueyrredón, (puesto en ese cargo por él), toma todas las providencias para que se designe la oficialidad necesaria, se remitan armas y fondos.

En agosto de 1820 se dirige hacia Lima, desembarcando en Bahía de Paracas en septiembre. Hace contacto con los virreyes Pezuela y de la Serna- es allí donde se produce la histórica entrevista de Punchauca, donde pronuncia la frase “los liberales del mundo son hermanos en todas partes”. El 9 de julio las tropas entran en Lima y el 28 se declara la Independencia.

El 3 de Agosto asume como Protector de los Departamentos Libres del Perú, nombrando a su cófrade en la Logia de Cádiz, el colombiano García del Rio, como Ministro de Relaciones Exteriores, al miembro de la Logia Lautaro de Buenos Aires, Bernardo de Monteagudo como Ministro de Guerra y al peruano Hipólito Unanue, de la Logia Libertad de Lima, como Ministro de Hacienda.

Emprendió una gestión de Gobierno de corte humanista y liberal, similar a la desarrollada en Cuyo, en este caso liberando los hijos de los esclavos, y más tarde a los esclavos cuyos patrones hubieran abandonado el país. Abolió los tributos que abonaban los indios y los servicios de mita, pongos, encomiendas y mayorazgos. Crea la Biblioteca Nacional, donando su propia biblioteca (762 volúmenes) más, cartas geográficas y cuadernos. Allí se entremezclan obras de Plutarco, Homero, Rousseau, Paine, Voltaire y un ejemplar de “El Monitor del Francmasón” en inglés. Crea escuelas y hace que las mismas funcionen en los conventos. Decidido el lugar donde funcionarían las escuelas, faltaban quienes irían a desarrollar allí las tareas educativas. La solución fue encomendar al pastor protestante Diego Thompson para que organice la Escuela Normal, primera escuela de ese tipo en Latinoamérica.

En tres años se cuenta con la primera camada de maestros locales. Otra medida por demás interesante fue la de prohibir la salida al exterior de todo cuanto sea obtenido en las huacas y también elementos de la época colonial.

Recordemos que se trataba de una persona muy leída, ya que accedió a libros de los más variados autores, muchos de ellos, prohibidos por subversivos, responsables de las dos grandes revoluciones conocidas en el mundo de entonces. De ahí que aunque no se trate de un ideólogo, es sin duda un eficaz brazo ejecutor de estos ideales, que comenzó irradiando a toda Europa las ideas liberales, de corte netamente antimonárquico y anticlerical. Con el ya citado Miranda, la tarea masónica fue traerlas a América y mediante las Logias Lautarias hacerlas crecer en todo el territorio suramericano para gestar la independencia de esta parte del continente.

La abolición de la Inquisición fue dispuesta el 8 de febrero de 1822 y fue más allá: dispuso que todos los bienes de este tribunal sean destinados a aumentar y conservar la Biblioteca. Textualmente dijo que “es tan luctuosa a los tiranos como plausible a los amantes de la libertad”.

Todo un tema: el precepto republicano de la difusión de los actos de gobierno. San Martin siguiendo el ejemplo de lo que estaba haciendo Moreno en Buenos Aires (expresamente solicitado por Miranda), crea la Gaceta del Gobierno de Lima, medio de prensa que en todos sus números entre los años 1821 y 1822 es utilizado para dar a conocer los documentos oficiales de la acción gubernamental. Es desde allí que elige dar a conocer los escritos referentes a la libertad de prensa, el de supresión de la horca, títulos de nobleza y la suspensión del castigo de azotes en las escuelas. Estas medidas de gobierno generaron malestar entre los nobles limeños (entre los que había buena cantidad de Duques, Marqueses y Condes) y también con la jerarquía católica, que al menos en un primer momento combatió la revolución. Se ocupó por la labor de los artistas teatrales, dignificándola por ley, la cual terminó siendo una característica de la revolución con la que se llegaba al pueblo de manera cálida. En este arte se destacaron importantes artistas masones de la época, como Bartolomé Hidalgo y Luis Ambrosio Morante.

El caso del cura porteño Cecilio Tagle es emblemático en este momento histórico. Él se traslada a Lima, allí se recibe de Abogado, siendo uno de los más entusiastas patriotas de la revolución. Desde 1810 era Párroco en la Iglesia de San Sebastián, donde se reunía en Logia con otros patriotas y difundían los ideales liberales. Al tomar conocimiento de lo ocurrido, el Virrey Abascal lo toma prisionero junto a otros de su grupo (el sacerdote Ramón Anchoris, a un poeta -José Antonio Miralla-, y al orfebre José Boqui, entre otros). Tagle y su grupo fue puesto a expensas de la Inquisición, recuperando la libertad sólo cuando las Cortes de Cádiz decretaron la abolición de la misma. El padre Anchoris fue enviado a la península. A este sacerdote también se lo conoce como el Cura de Chongos, ya que allí fue confinado por el Virrey para alejarlo de Lima. San Martin lo premió con la Orden del Sol el 12 de diciembre de 1821, por sus patrióticos servicios.

Pero también estaba presente el otro sector de la iglesia, el que se juntaba en las casas de Dios a conspirar contra la revolución. San Martin sin dudarlo, procede al cierre de las mismas. El Arzobispo Las Heras dice que él no “tiene autoridad para inmiscuirse en asuntos eclesiásticos” como señala Gonzalo Bulnes. Tres días después, San Martín redobla la apuesta: le dicta Orden de destierro, lo sube a un barco y lo envía a España. Hay que decirlo: la mayoría de las jerarquías eclesiásticas estaban en contra de la revolución. El Arzobispo de Charcas Martín de Villodres, el Obispo de

Cuzco, José Calixto de Origuela, el Obispo de Trujillo, José Carrión Marfil, el de Arequipa, José Sebastián Goyeneche, hermano del General realista, el Obispo de Guamanga, Pedro Gutiérres Cos, sólo por citar algunos de ellos. Especial atención habrá que prestar a otro de los curas sancionados, el fraile franciscano, Antonio Días, de San Carlos de Idelfonso de Chillán. Él hace un escrito contrarrevolucionario, en dos volúmenes y más de 400 páginas en el que señala que la religión “había sido desterrada de los dominios españoles por San Martin, Monte Agudo, y otros enemigos del Catholisismo” agregando  que “como deístas, francmasones, filósofos incrédulos, liberales e ilustrados a lo jacobino, no dexan de procurar efugios para transformar nuestros dogmas y nuestra religión sacrosanta, así como por todas partes procuran prosélitos que sigan sus ideas impías y llenas de corrupción”

La Iglesia no era el único enemigo poderoso de El Libertador; en Lima nobles e iglesia conformaban una estructura contrarrevolucionaria fuerte. A esto se le sumaba problemas por el reparto de premios entre su propia tropa, la cual estaba visiblemente alterada.

Bajo estas circunstancias adversas decide, no obstante, partir a la cumbre con Bolívar. Mucho se conjetura sobre el encuentro y se barajan desde diferencias metodológicas hasta políticas.

La historia oficial señalará que Bolívar no estaba dispuesto a sumar sus fuerzas para dar el golpe final a los casi 20.000 soldados realista dispersos entre el Alto y el bajo Perú y San Martín entendiendo que su presencia obstaculizaba la concreción de la libertad americana, se retira del escenario tanto político como militar. No hubo ni acuerdo en lo masónico (ambos ostentaban el grado de Venerables Maestros), ni en lo político, inclusive algunos historiadores infieren que el entorno de El Libertador temía por la vida del mismo, por ello buscaron garantías para ese encuentro cumbre, en la Logia Guayaquil, la cual oficia de garante. El gran ego de Bolívar ya había traicionado a Miranda, ahora traiciona a San Martin, años más tarde hará lo propio con O’Higgins, señala Francisco Ortega. Recordemos que el generalísimo Miranda es detenido por orden directa de Bolívar. Cuando esto ocurre Don Francisco grita con desconsuelo el histórico “bochinche, bochinche, bochinche, este pueblo lo único que sabe hacer es bochinche”. Mientras tanto Simón suspendía la actividad masónica en la Gran Colombia, y Francisco de Miranda moría engrillado en las mazmorras de Fernando VII en Cádiz en una celda húmeda y hedionda. Un documento expuesto por Terragno en su obra “Diario Íntimo” (domingo 4 de enero), es donde San Martín señala que “es claro que Bolívar y yo no cabemos en el Perú. En 1822 yo tenía 8.000 hombres; podía sostenerme y echarlo. Pero era preciso caer en una guerra civil entre dos hombres que trabajan por la misma causa. Preferí resignar el mando”.

Ya de vuelta en Lima San Martín convoca al Congreso Constituyente, que bajo la presidencia del sacerdote masón Dr. Francisco Javier Luna Pizarro (más tarde, Arzobispo de Lima), presenta seis pliegos: en el primero deja constituido oficialmente dicho Congreso; en el segundo, su renuncia al cargo de Protector; en el tercero recomienda al Congreso la instauración de la Orden del Sol y la Sociedad Patriótica o Sociedad Política Literaria; en el cuarto solicita una recompensa a la provincia de Cuyo, por “los sacrificios que hizo para la preparación del Ejército de los Andes, así como la expedición Libertadora del Perú”; el quinto pliego recomienda la “prosecución de la Guerra con energía…y aconsejando se mande a España un diputado para gestionar el reconocimiento de la independencia y cese de las hostilidades”. El último de los pliegos refiere a la designación de su buen amigo, ilustre patriota, masón y jurisconsulto, José Joaquín de Olmedo, como Diputado por Lima.

San Martín más tarde se embarcará a Chile donde es recibido por su hermano masón y amigo O’Higgins, enterándose que se lo acusaba de haberse quedado con el tesoro del  Perú. Cruza la cordillera regresando a Mendoza y en el mismo año, regresa a Buenos Aires. Allí se queda sólo el tiempo necesario para organizar sus cosas y partir a Europa.

Muere en 1850, treinta años después regresa a su tierra. Descansará en la Catedral Basílica de Bs As, no en el rectángulo consagrado de la misma, sino en un apéndice, y según difunde una extensa nota de Diario La Nación, no en el extremo superior del féretro de mármol, sino abajo del mismo, y no estará el cajón de manera vertical sino, quizás en una travesura eclesiástica, inclinada la parte de la cabeza hacia abajo, como para que facilite su descenso a los infiernos.

 

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