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Reflexiones a los cincuenta

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Por Eduardo Huaity González

Creo que viví en contramano de las tendencias mundiales, de las modas y las propagandas. Nací en 1964, tarde para disfrutar la década más importante de la historia, y muy temprano para disfrutar el nuevo siglo.

Pase mi infancia temiendo al duende y al peronismo. Cada dos días me sacaban de la escuela por una amenaza de bombas y pase gran parte de esos años escuchando más cuchicheos que conversaciones.

La adolescencia la pase con el DNI en el bolsillo, los mocasines en los pies y los militares en la cabeza. Crecí escuchando lo que podía y leyendo lo que no podía. Cuando tenía 17 años los galanes eran tipos maduros, que fumaban y tenían pelo en el pecho, cuando crecí, fume me llene de pelos, pero ahora los galanes eran jovencitos y lampiños. Fue una tortura, las chicas de mi edad salían con chicos más grandes y nunca nos daban pelota, ahora las mujeres de mi edad salen con hombres más chicos y siguen sin darme pelota.

También fue dura la mala pasada que me jugo la publicidad, en la adolescencia las propagandas de Coca Cola nos hacían soñar con veranos llenos de color, ritmo, mujeres y días enteros de sol, sin lluvia en pleno verano playero. Por eso fue durísimo el choque que sufrí la primera vez que visite Mar del Plata. Todo el día llovió, me la pase comprando pullovers y caminando en ojotas, maya, pullovers y campera. Estaba de moda unos collares de huesos chiquitos, como cuentas. Me compre uno y camine por avenida Constitución como si fuese un surfers californiano, cuando quise entrar a un boliche, los patovicas no coincidieron con la imagen que tenía de mí. Con ese collar parecía un polizón senegalés indocumentado y no me dejaron entrar. Las rubias esbeltas y culonas estaban, como en el spot publicitario, en todos lados, pero ninguna me dio bola. Encima en la playa y por no estar acostumbrado al mar, una ola me revolcó por un rato, casi me ahogó, me sacó la malla y un bañero rubio, tipo californiano, me salvó de morir ahogado. Todos los bañistas lo aplaudían y yo inerme en bolas, envuelto en un toallón estampado con palmeras y  mujeres atado a la cintura. Desde entonces odio todo espejo de agua, sea océano o represa.

Me alegró mucho cuando zapatilla Flecha sacó su publicidad de un tipo que iba a estudiar en bicicleta. Era el “pibe Flecha”. Estaba feliz, consideraba que era una iniciativa niveladora. Yo usaba la bici para ir al colegio, como el protagonista, pero también la usaba para ir al centro, a jugar, a comprar, a pescar, en realidad era mi medio de transporte. Una mañana me subí a la bici con aire de ganador y pedalee hasta el cole, canturreando el single. Llegue al Nacional y deje la bici, como el pibe Flecha, apoyada en la pared. Cuando salí ya no estaba y me volví a pata a casa.

En medio de ese sueño promocional, no advertí que la bicicleta era el transporte opcional del galancete, se bajaba de ella y se subía a una Kawasaki 250 o a un auto importado y lo más importante, no usaba broches en la manga de los pantalones para evitar que la cadena manche la tela.

Todas las propagandas eran inalcanzables, menos una. Siempre hay una excepción. La de Tubi, esa que aparecía la golosina caminando por la calle mientras la canción decía “yo era un Tubi que andaba solo…” Estaba a la altura, era igual. Negro, cuadrado y de tan dulce era diabético y andaba solo.

Me tocó vivir la hermosa primavera Alfonsinista, en donde todos creíamos que podíamos tener un país genial, lleno de esperanzas, de ideas, de lecturas excitantes y música maravillosa. Me sentía un revolucionario, que estaba haciendo historia, que caminaba por la vereda del sol. Tanta carga de heroísmo cívico, suponía, me traería la recompensa más deseada: sexo.

El ser dirigente estudiantil por un corto tiempo dio resultado, pero con la libertad y los años que quedaron en suspenso con la dictadura, los hippies volvieron y se llevaron todas las minas. Siempre quise dejarme el pelo largo y usar anteojos redondos, como Lennon.

Cuando me deje la melena, el pelo encrespado me hacía parecer un clon de algún gurú indio y no había en existencia, un par de anteojos con lentes redondos para la cara de luna que tengo. Cada vez que me ponía gafas oscuras, parecía un colectivo de larga distancia que venía de frente.

Me enamora las veces que fueron necesarias, hasta que alguien se enamoró de mí, después me case con ella, tuve dos hijos maravillosos y más tarde me divorcie. Volver al ruedo con 40 años, más gordo y con canas es la tarea más difícil que un ser humano pueda encarar en su vida.

Con 20 años, me decían que las canas era sexis, que esperara, que con 40 las mujeres vendrían solas. Salieron las canas y las mujeres seguían sin llegar. Ya en los 50, y en plena bajada, me doy cuenta que la vida no tiene promoción, ni jefe de marketing, que viene como debe venir, sin banda sonora, ni coros que salen de los bares de la esquina y muchos menos esa muchachita de aspecto angelical, pero muy sexis, que te besa al final de la publicidad.

 

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