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No hay muerte, hay olvido

Pocos hechos están tan ligados a la vida como la muerte; para algunos es esta la que define la existencia misma, sin embargo y a pesar de ser ineludible, sigue siendo un tema tabú, doloroso y aunque suene contradictorio, inesperado.
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No hay cultura, civilización o creencia religiosa en que la muerte y la posibilidad de escapar de ella no esté presente. Desde hace de miles de años los seres humanos enterramos y honramos la memoria de nuestros muertos.

Por ejemplo, el Día de los santos difuntos, una fecha realmente importante en el calendario de muchas regiones del globo, tiene como finalidad la de recordar, porque es la única forma accesible de vencer a la muerte.

Este principio es el rector, por ejemplo, de las fiestas mejicanas o del norte de Argentina, pero es solo una parte de una vasta cultura común del continente, que se replica en todo el mundo. En algunas culturas, las personas creen que el espíritu de alguien que falleció tiene una influencia directa en los familiares vivos. Los familiares tienen el consuelo de que su ser amado los está cuidando. En términos generales, las creencias sobre el sentido de la muerte ayudan a las personas a comprenderla y afrontar su misterio.

La ritualización de la muerte tiene una función específica: gestionar el enorme dolor que causa la pérdida. Por eso los rituales sirven para equilibrar, armonizar, cohesionar al grupo que permanece en vida y para marcar el tránsito de quien muere.

Para el budismo, la vida no acaba con la muerte. La persona se reencarna en otra vida y debe aprender en cada vida, lecciones para ir mejorando hasta llegar a ser un ser puro espiritual, que se ha ido perfeccionando a través de esas diferentes vidas.

Según la visión budista, la vida es eterna. Ya que atraviesa sucesivas encarnaciones, la muerte no se considera tanto el cese de una existencia, sino como el principio de una nueva. Para los budistas el fenómeno de la trasmigración es obvio, así que la muerte es necesaria.

La preocupación del hindú no es la muerte. Para él, ésta no es el enemigo. Desde su nacimiento, la muerte para él no es un término. Él va a renacer en otro lugar y lo importante es interrumpir la cadena de los renacimientos. Desde siempre, él pertenece a la eternidad. Él es una manifestación de lo divino. Desde el momento en que nació, es un ser extraño al mundo. Tiene ya una preexistencia, ya ha existido de alguna manera, y cuando él desaparece, no hay paso del ser a la nada.

Si el occidental va tras la inmortalidad y desea eludir la muerte que le angustia, el hindú en cambio busca liberarse de la vida, escapar a la existencia terrestre.

En muchas regiones la muerte no se relaciones con un final, sino con un paso necesario, que debe ser acompañado por los familiares y la comunidad. Para este paso, el muerto es provisto de elementos para la “otra vida”. No se habla de muerte. Es una forma muy antigua de afrontar el deceso. Las tumbas de las distintas civilizaciones acreditan esto.

La muerte, deceso, defunción, expiración, fallecimiento u óbito, es un efecto terminal e irreversible que resulta de la extinción del proceso homeostático en un ser vivo y por ende el fin de la vida. Puede producirse por causas naturales, vejez, enfermedad, consecuencia de la cadena trófica, desastre natural o inducidas, suicidio, homicidio, eutanasia, accidente, pena de muerte, desastre medioambiental, al menos eso aseguran las definiciones, sin embargo, esta explicación, por más detallada que sea, no termina de representar lo que significa la muerte para los seres humanos.

Según la página https://www.worldometers.info, que se actualiza cada segundo, en el mundo nacen 117.681202 personas y mueren 49.405.707 al año. Estos números hablan de una población saludable, por más que la tasa de crecimiento de la población se esté frenando desde principios del siglo XXI.

La tasa de mortalidad general ha experimentado durante el siglo XX una notable disminución, particularmente en los países de renta más alto. Eso, entre otros factores, ha permitido que la población mundial pasara de poco menos de 1000 millones en 1800 a 6850 millones en 2010 y a los 6.900.000 millones en la actualidad.

Dentro del mundo existen diferencias notables de mortalidad. El África subsahariana es la región del mundo que presenta actualmente tasas de mortalidad más altas, algo que se mantienen en los últimos 30 años.

Según la organización Estadísticas Sanitarias Mundiales la esperanza de vida se incrementó en 5 años entre 2000 y 2015, el aumento más rápido desde los años 60. Esos avances invierten los descensos registrados durante los años 90, en los que la esperanza de vida se redujo en África por la epidemia de sida, y en Europa del Este como consecuencia del derrumbe de la Unión Soviética.

Las mujeres viven en promedio más años que los hombres. En 1930, la esperanza de vida para las personas de sexo femenino era de 35 años y para el masculino de 33. Al 2010 este indicador fue de 77 años para mujeres y 71 para los hombres, en 2019, se ubica en 78 años para las mujeres y en 72 años para los hombres.

Esta tendencia mundial no se repite en Argentina, la esperanza de vida al nacer retrocedió a valores inferiores respecto de los que había hace más de una década: a mediados de 2021 esa expectativa de vida se estimó en 71,9 años para los varones y 78,1 años para las mujeres.

La muerte sufrió un retroceso importante, pero eso no implica que haya abandonado su tarea. Una persona que nacía en 1.900 tenía una esperanza de vida promedio de 29 años. Esa expectativa pegó un salto de 45 años en poco más de un siglo, ya que en 2010 era de 74, según un informe presentado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) que analiza los avances y desafíos de los países de la región para mejorar la salud de sus habitantes.

Las estadísticas nos dan un panorama, pero no dibuja la escena completa. Si la muerte es parte de nuestra vida desde que nacemos, ¿por qué le tememos tanto?, ¿la vida después de la muerte es un hecho o una esperanza ante lo inevitable?

La concepción de la muerte como fin o como tránsito, su creencia en una vida después de la muerte, en el Juicio Final, actúan como condicionantes para la actuación de los individuos en un sentido u otro. La idea de inmortalidad y la creencia en el Más allá aparecen de una forma u otra en prácticamente todas las sociedades y momentos históricos.

Gloria Lynch y María Julieta Oddone, en su trabajo “la percepción de la muerte en el curso de la vida”, señalan que: “Otras investigaciones empíricas (Elias, 1987) muestran que la mayoría de los individuos no se enfrenta con la muerte hasta muy tarde en el proceso vital, siendo su impacto diferente según el momento de la vida en el cual el hecho ocurre, ya que la carga traumática que tienen las pérdidas va disminuyendo a lo largo de la vida (Elder, 1998). Después de los 50 años, los individuos están más expuestos a enfrentar la muerte de personas de su entorno, lo que les hace sentir su propia finitud. Así, las personas ancianas son más conscientes de sus posibilidades de morir que los jóvenes. Y ese hecho es un importante factor en la manera en la que estructuran sus vidas y en el sentido que le dan”

Por su parte Norbert Elías, en su libro “La soledad del moribundo” (1987), asegura que, “dado que los ancianos van quedando solos, experimentan la muerte de los otros como una premonición”. Entonces, la muerte, al igual que los sueños, cambian con la edad.

La Parca, esa mujer huesuda con una hoz y toda vestida de negro, conlleva sentimientos negativos, al menos en occidente, en donde la muerte si representa un final, un hecho realmente traumático, que busca consuelo, principalmente, en las creencias cristianas.

Es tan importante burlar a la muerte que Jesús de Nazaret sólo es reconocido en su divinidad, cuando resucita. Y ese es el principal atractivo cristiano, la posibilidad de volver, por supuesto después de un juicio moral de las acciones en vida. Es la gran esperanza.

La vida es posibilidades, es oportunidades, son segundas chances, algo que con la muerte no es posible. En vida el malo puede cambiar, en la muerte solo le espera el infierno.

Philippe Ariès, uno de los especialistas más destacados en el estudio de la muerte, sostiene en varias de sus obras que la percepción de la muerte en Occidente ha atravesado dos grandes etapas. La primera de ellas, a la que denomina “la muerte domesticada”, abarca desde el siglo VI hasta el XVIII. Los individuos tomaban conciencia de su muerte ante la aparición de ciertos signos naturales y la esperaban confiados en Dios. La muerte consistía en una ceremonia pública en la que estaban presentes los familiares, incluidos los niños. Se aceptaba la muerte de una manera natural y sin expresiones extremas de emoción. En la segunda etapa, a la que denomina “la muerte invertida”, la muerte se oculta y cambia su sentido. El lugar en el que ocurre se desplaza desde el hogar familiar al hospital, y las ceremonias funerarias y los duelos devienen más discretos e íntimos. A partir de mediados del siglo XX, ese proceso de institucionalización de la muerte se profundizó. El proceso de morir incluidos los rituales, en su función, tanto respecto del muerto como de los sobrevivientes, se profesionalizó.

Al mismo tiempo, fenómenos tales como el aumento de la esperanza de vida, el envejecimiento de la población y otros relacionados han influido en que las personas ya no sean socializadas en la muerte. Tanto es así que Blanco Picabia y Antequera Jurado llegan a sostener que, en las sociedades occidentales actuales, se intenta silenciar e invisibilizar la muerte. Frente a ella, surgen como respuesta dos tipos de actitudes: una, definida por el rechazo y la desritualización; la otra, por la renovación del ritual y del cuidado de quien está por morir.

Finalmente, Tomás Moro consideraba que, “Nunca deberíamos de mirar a la muerte como una cosa lejana si consideramos que, aunque ella no se da prisa por alcanzarnos, nunca cesamos nosotros de darnos prisa yendo hacia ella”.

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