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No es bueno banalizar el mal

En la primavera de 1944 Benito Mussolini está cansado, ha perdido peso y sus pómulos y ojeras están demasiado marcadas. El amargo de la vida y la historia se hacen sentir en lo que queda aún de su maltrecha humanidad con demasiado rigor.
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Lo observa a Hitler, histriónico hasta en su decadencia, mientras habla casi sin respirar y sus ojos celestes muy claros resaltan en el colorado sanguíneo del blanco de sus ojos. Pero no es el aspecto decrépito de ese hombre de 55 años que parece un anciano demente lo que llama a su atención y sorpresa. Es lo que Hitler le dice lo que lo conmueve: “…Tenemos reactores, submarinos que lanzan misiles, enormes tanques, visión nocturna, misiles increíblemente potentes y por sobre todo ¡Una bomba que asombrará al mundo!”.

Mussolini ya tiene su mirada y atención capturada con la intensidad propia de la última e inesperada esperanza. Continúa eufórico Hitler a su invitado: “… ¡Lo estamos acumulando todo en nuestras fábricas subterráneas!, lo hacemos a un ritmo impresionante. El enemigo lo sabe y por ello nos ataca constantemente. Pero responderemos con la fuerza de un huracán. ¡Pronto le daremos una lección!”. Bramaba entre escénico y delirante, aunque convincente.

Al regreso a su arrinconada y títere Republica de Saló, los restos insepultos del fascismo, Benito Mussolini se sintió parcialmente aliviado por la información que le habían dado los alemanes por boca del propio Hitler. Armas inesperadas y feroces que cambiarían el curso de la guerra y de la historia.

Sin embargo, no podía evitar preguntarse si era eso posible, ¿Podría existir algo así?, Benito mismo había fantaseado con un delirante rayo de la muerte fabricado por el genio Marconi que por supuesto jamás existió, pero repartía esperanzas en la desesperanza de la antesala de la derrota a pesar de la desmentida pública del genio.

El Teniente Luigi Romersa era un joven periodista que por imprudente o por honesto le había dicho al Duce la verdad del desastre de Túnez que sus generales le habían ocultado. Luigi pensó en silencio que Mussolini debía estar enfermo por su aspecto casi cadavérico y su voz otrora estentórea y torácica, ahora apagada y profunda que le decía. “… Luigi, debes ir a Alemania, te daré dos cartas de referencia, una para el ministro Goebbels y la otra para el Führer.

Quiero que hagas una investigación en profundidad de las armas secretas de las que tanto me hablaron…, ve Luigi, tengo mucha fe en tus capacidades. Márchate lo antes posible…”.

El teniente Romersa una semana después ya estaba en la Guarida del Lobo, al norte de Alemania, actualmente Polonia. Entrego su carta a un oficial que le dijo que esperara. Un poco después lo recibió Hitler en persona. Luigi recuerda que parecía totalmente decrépito, con la cara demacrada, pálida como la cera. También le impresionó sus ojos celestes claros, casi blancos, rodeados de color rojo. Leyó la carta de Mussolini y le dijo: “… Le dejaré ver algo que animará a mi querido amigo Mussolini…”.

Efectivamente, Luigi Romersa vio lo avances de los Nazis en aviones a reacción, la planta de las bombas V2 y prototipos de nuevos submarinos lanza misiles. Estos tres dispositivos estaban ya en funcionamiento y en comienzos de sus líneas de producción.

Pero hay algo que erizó el alma del joven teniente periodista italiano. La Bomba de Fisión, tal era el nombre que en la época recibía la bomba atómica. Desde 1939 los científicos alemanes llevaban una clara ventaja a otros países en el campo de la investigación nuclear. Gracias a la ocupación de Checoslovaquia los Nazis controlaban la mayor reserva de Uranio conocida en ese momento, con la invasión de Bélgica los alemanes se hicieron de todo el Uranio de las minas del Congo Belga, con la invasión a Francia se apoderaron de uno de los pocos Ciclotrones que había en el mundo y con el control de Noruega controlaban la única planta de agua pesada que había en el planeta.

A pesar de semejantes ventajas los alemanes de la época no pudieron desarrollar un reactor nuclear. Una paradoja que inquietó profundamente a los historiadores de la ciencia y militares durante décadas.

El 12 de octubre de 1944 Luigi Romersa fue invitado a presenciar una detonación nuclear en una pequeña isla del mar Báltico. Lo que sigue es su declaración: “… Fue una mañana fresca en la costa oriental de Alemania. El bunker donde entramos estaba en un bosque. Los oficiales que me acompañaban me dijeron que iba a ser testigo de una detonación experimental de un explosivo que no se había probado nunca.

Aunque no me explicaron nada de los aspectos técnicos. Nos encerramos en una sala del bunker que tenía unos miradores protegidos por una substancia que no sabía qué era. Esas mirillas nos permitían ver el terreno que se extendía ante nosotros. El experimento hizo que todo lo que había temblase violentamente. Hubo una luz cegadora que nos hirió los ojos.

Vimos que todos los arboles parecían haber salido de un horno. Esperamos a salir unas horas. Nos pusimos unos trajes que parecían tejidos de amianto. Salimos y vimos la destrucción alrededor del impacto. Animales carbonizados…”

70 años después se encontró en el lugar un poco de radioactiviad, Cesio 137, más de cinco veces el nivel normal.  ¿Hitler soñaba, tal vez, con poner ese dispositivo en los aviones a reacción o en la cabeza de las V2 o en los nuevos submarinos?, quizás. ¿Quiso ganar tiempo para intentar el uso de estas armas?, puede ser. Lo cierto es que los Nazis habían avanzado muchísimo con la bomba atómica.

Eso parece ser un hecho incontrastable de la historia. Tan cierto como que al final no hubo ninguna arma secreta que sorprendiera a los aliados. ¿Puede pensarse que algunos científicos alemanes retrasaron el programa nuclear nazi por temor o estupor humanista?, no sería de sorprenderse.

Lo relevante para el curso de la historia es que el mal absoluto no tuvo en su arsenal semejante arma. Y es inquietante pensar lo cerca que estuvo. Meses después, en abril y mayo de 1945, se derrumbó el fascismo y el nazismo y llego el fin del crimen más horroroso de la historia de la humanidad contra la humanidad.

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