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Manuel Belgrano y la batalla de Salta: la idea de país frente a la soberbia porteña

Sin ese triunfo estratégico el general José de San Martín quizás no hubiera podido cruzar Los Andes. Tal vez, tampoco se hubiera llegado a la Declaración de la Independencia.
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Como militar, el General Manuel Belgrano estaba subordinado a los dictados del gobierno de Buenos Aires por aquello de la “obediencia debida”. Sin embargo, puesto en el terreno, cuando las tropas españolas venían batiendo toda resistencia criolla, Belgrano decidió desobedecer a sus jefes naturales que le imponían retroceder hasta Córdoba para defender al puerto y sus intereses.

Fue en el ese momento cuando Belgrano pensó que abandonar el norte significaría entregar toda esa porción de territorio al enemigo con muy pocas posibilidades de poder reconquistarlo un día. Había que estar en esas botas, las de Belgrano, para tomar una decisión tan crucial para los destinos de la Patria. El hombre ya traía la experiencia de los juicios a que había sido sometido cuando perdiera en la Campaña al Paraguay. ¿Qué podría esperarle si era sobrepasado por los realistas en el norte?

La opción era de hierro y Belgrano pensó en país antes que en Puerto y decidió quedarse en Tucumán y presentar batalla. Ya el triunfo de Río Piedras el 3 de Setiembre de 1812 había levantado la moral de la tropa y sumado al apoyo del pueblo tucumano se decidió la resistencia que culminó con el triunfo en el Campo de las Carreras en Tucumán el 24 de Setiembre de ese año.

Se iniciaba la marcha hacia Salta.

Años antes, cuando la primera expedición al Alto Perú llegó al mando de Antonio González Balcarce y Juan José Castelli, sus procedimientos dictatoriales y abusivos dejaron no sólo una marca de resentimiento (“Prefiero ser realista que porteño” le decían a Belgrano cuando llegó para hacerse cargo de las tropas) sino también la duda de que si verdaderamente aquel ejército llegó a combatir al realista o a pactar con él.

Es extraño que el asalto y triunfo de las huestes gauchas comandadas por Martín Miguel de Güemes en Suipacha, considerado el primer triunfo de las armas patriotas, lejos de ser felicitado fuera sancionado y borrado del parte de guerra que elabora Castelli a casi cien kilómetros de distancia del lugar.

Desde entonces hasta el 20 de febrero de 1813 cuando Manuel Belgrano enfrenta y derrota a los realistas en los Campos de Castañares no se diera en esa porción de historia un hecho de armas tan importante porque de todas las batallas libradas durante la Gesta de la Independencia la Batalla de Salta se distingue porque puso el cerrojo definitivo a las aspiraciones realistas de “Clavar las banderas del rey en el fuerte de Buenos Aires”, como se había jurado el general José de la Serna. 

Luego de ese día, nunca más los realistas pasarían la línea del Río Pasaje hacia el sur.

Tan importante fue ese acto de desobediencia al gobierno central que, si el general Manuel Belgrano hubiera perdido esa batalla del 20 de febrero de 1813, tal vez la historia se contaría de otra manera.

En Salta, Belgrano derrotó al centralismo porteño.

Como decimos, la decisión de Belgrano de no bajar a Córdoba fue una deliberada desobediencia debida ante el Triunvirato porteño ya los señores de Buenos Aires que no tenían idea de cuánto se sufría y se moría en el norte por la Patria. Porque mientras el Puerto pensaba en sus intereses, Belgrano pensaba en un país.

La actitud de Belgrano le mereció serias críticas y reproches que rebatió en una carta a Chiclana con aquella famosa frase: “Siempre se divierten los que están lejos de las balas, y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son esos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna, dan conmigo que me río de todo, y que hago lo que me dictan la razón, la justicia, y la prudencia, y no busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria”.

En síntesis, la Batalla del 20 de febrero de 1813 es un hito puntual en la historia argentina porque le demostró a Buenos Aires que se consideró desde el inicio a sí misma como un país; de hecho, era el país y su interés quizás llegaba hasta no más allá de Córdoba y las provincias del litoral. Hacia el sur era tierra del aborigen.

Hay que considerar que los “Pactos Preexistentes” que menciona el Preámbulo de la Constitución Nacional fueron todos signados por Buenos Aires y las provincias circundantes. Más allá de la línea de Córdoba no había una noción clara de qué había ni quiénes lo habitaban.

Sin ese triunfo estratégico del general Manuel Belgrano en Salta, el general José de San Martín quizás no hubiera podido cruzar Los Andes ni la gloria del general Martín Miguel de Güemes, hubiera sido posible.

Tal vez, tampoco se hubiera llegado al Congreso de Tucumán en 1816 y la Declaración de la Independencia.

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Eduardo Huaity González

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