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Los sesentones y la suerte

Nos han pasado algunos años, los suficientes para ser sesentones, peinar unas canas y cargar algunas arrugas con las que no queda más remedio que llevarse bien. Somos la gente de los años sesenta, nacimos con el Yesterday de los Beatles, la revolución cubana y los viajes a la Luna, golpes de estado y guerrillas por todas partes. Mayos franceses que imaginaban la imaginación al poder. Estudiantinas de pelos largos y pantalones campana con sangre hervida y cerebros afiebrados.
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Hay que decirlo: tuvimos suerte, pues sobrevivimos a la guerra fría. Una guerra muy curiosa. Esta consistía en hacer la guerra sin hacerse la guerra, ya que sería la última y definitiva. Para asegurar eso las potencias beligerantes acumulaban arsenales nucleares capaces de destruir varias veces el planeta como si fuera que con una sola destrucción no bastara.  Afortunadamente pasamos esa locura y aquí estamos.

La buena suerte nos acompañó en los sangrientos setenta también. Algunos de nosotros vimos morir asesinados a vecinos o padres, o tíos o primos y sin embargo sobrevivimos. Nuestras adolescencias setentistas han estado impregnadas de mundiales de futbol, militares, pelo corto. El fin de nuestra niñez y parte de nuestra primera juventud la pasamos esquivando policías que pedían documentos, afeitaditos y mucha consigna contra chilenos, subversivos, alguna bomba, tiroteos, una cárcel del pueblo por ahí y milicos por allá. Sobrevivimos a esa orgía de sangre. Tuvimos suerte.

Los ochenta nos dijeron buen día con la guerra de Malvinas. Esta vez tuvimos menos suerte. Los que iban adelante murieron. Otros salvaron sus vidas con parte del cuerpo roto y el alma lastimada. La inmensa mayoría sobrevivió. Pronto la posguerra se convirtió en una plaza o una calle o una avenida que nunca, pero nunca alcanzan a explicar la vida cercenada en un charco lodoso, sangriento y helado de un turbal lejano ahora sagrado.

Pero la suerte no se nos agotó. Para nada. En los ochenta vivimos la épica del retorno democrático. El destape, la política, las discusiones. Café y ginebra en trasnoche. Sexo sin sida. Bohemia y política, puchos, marchas, de nuevo sexo, Pink Floyd, Soda Stereo, cassette, vinilo, encendedor Carusito, poemas, amanece y no me importa, Charly y León y un inolvidable y largo etcétera. Tuvimos suerte, definitivamente. 

Llegaron los noventa, atrevidos y ordinarios. Hicimos un decreto por el cual cada peso valía un dólar. ¡Listo!, pizza y champagne y que arranque la fiesta. Como unos locos dementes decidimos que éramos ricos y nos fuimos por el mundo.  ¡Deme dos!… give me two!… dammi due!… o como sea… guarangos incorregibles. Exploto el país, la AMIA, la embajada de Israel, Rio Tercero y quién sabe qué más. Sobrevivimos, tuvimos suerte.

Éramos cuarentones al fin del siglo XX.  Demasiados adultos para ser pendejos y demasiados jóvenes para ser viejos. Justo ahí se derrumbaron los bancos, las finanzas, la moneda, los ahorros, el presidente, los partidos, los sindicatos, las instituciones, los sueños, las esperanzas, nosotros y las ganas de todo. Parece increíble pero también sobrevivimos.  Tuvimos suerte, qué duda cabe. Mucha suerte. 

Como si el universo se empeñara en poner nuestra buena fortuna a prueba todavía nos puso en el camino largos años de decadencia agrietada, demagogia, mentiras, corrupción, chantas, irresponsables y destrozos de estado al día de hoy sin solución. Los sesentones llegamos hasta aquí de pura suerte. No hay otra explicación.

Y aquí estamos, en esta Argentina pobre y endeudada. Somos los sesentones más raros del mundo. Es que tuvimos tanta suerte que pudimos sobrevivir a toda clase de peligros y desastres. Pero no tuvimos la suerte de gastar nuestras vidas y buena fortuna en un país próspero y pujante. El azar nos ha sonreído con la misma zoncera que tiene un suertudo en el desierto del Sahara.  

Nosotros los sesentones que estamos vivos somos gente de suerte, definitivamente. Después de todo y a pesar de todo estamos aquí. Un poco gastados, lo que es natural, pero funcionando. Un poco rotos, se entiende, pero enteros.

Cuando nos miramos al espejo sabemos de qué nos hablan esas arrugas. Esa imagen que nos dice claramente que las últimas pinceladas de juventud ya se van y que estamos adentrándonos en las vísperas de la vejez y por ello del final. El tipo del espejo y yo sabemos que hemos tenido suerte. Y que a la suerte le pusimos dignidad y por eso es que nos podemos mirar a los ojos sin avergonzarnos. Lo digo no por auto referencia, sino porque es muy común entre los sesentones.

Fuimos contemporáneos a tremendos dramas de la humanidad y de nuestro país. Sin embargo, la inmensa mayoría no morimos en una guerra nuclear, ni en Malvinas, ni en guerra con Chile, ni fuimos secuestrados por dictaduras o guerrilleros, ni sucumbimos a las calamidades y los disparates de nuestra política. Eso sí, chocamos mil veces, pero aún estamos aquí. 

Las ciudades donde vivimos los sesentones tienen cien esquinas donde no queremos detenernos y cien puertas que nunca vamos a volver a abrir por no llorar. Pero eso no nos hace gente triste, sólo prudentes. Al fin de cuentas sabemos que la suerte nos acompaña. En fin… sabiduría de sesentones.

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Eduardo Huaity González

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