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Libelo contra los fariseos

El Evangelio de San Marcos previene contra el escándalo y la gravedad de los comportamientos escandalosos. El significado del escándalo es amplio, va desde los hechos que causan animosidad pública hasta las acciones inmorales “Cfr. “El que escandalice a uno de estos pequeños…)
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Esta advertencia del Evangelio hoy cobra valor frente a comportamientos que infectan el ambiente social y provocan la ira y la desunión como contagio. La palabra del pastor ha de ser apreciada en cuanto a su valor de promover la unidad porque cuando el pastor disocia induce al contagio del pecado (la ira de unos contra otros).

Como ministros del Señor, los clérigos deberían tener el comportamiento de Jesús como el ejemplo a seguir y no encolumnarse en procedimientos artificiosos para saciar egocentrismos o maniqueas operaciones de poder. El Evangelio es mansedumbre; de hecho, a Jesús se lo pinta con la túnica blanca de la oveja y no con la púrpura que ostentaban los emperadores y el mismo color del solideo cardenalicio.

Los grandes momentos de Jesús en la Tierra transcurren en el silencio: el misterio de la Encarnación es un instante íntimo entre María y el Arcángel Gabriel. Hay que meditar en la grandeza de ese momento en que “el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14). Dios realiza sus grandes obras en el silencio.

El nacimiento de Jesús también es un instante de silencio, de soledad, de familia, como bien lo relata Lucas (Cfr. Lc 2, 7).  Y toda su vida hasta el tiempo de su predicación se nutre de silencio. En el silencio prepara Jesús su ministerio apostólico. En treinta años no existe ninguna agitación pública del Hijo de Dios. 

Y llegado el tiempo de su vida pública, también el silencio precede su momento, sólo en el desierto enfrenta a Satanás y sus tentaciones (Lc 4,1). Es el silencio donde se fortalece la Fe y el espíritu se prepara las grandes misiones. La palabra fácil disloca el ministerio y convierte al Ágora de la Palabra en un barullo de feria de baratijas.

Debieran los eclesiásticos mirar también a Jesús en el ejercicio de su ministerio apostólico donde el silencio y la prudencia presidieron sus actos. A pesar de obrar grandes milagros jamás buscó el reconocimiento público ni la publicidad de sus actos: “Mira, no lo digas a nadie” (Mt 8,4), advierte; y también amonesta “mirad que nadie lo sepa” (Mt 9,30), previsiones sólo posibles en un espíritu convencido de la virtud del silencio.

Jesús y el Poder

Si una tentación rechazó de plano Jesús fue aquella del poder. Sabiendo que pensaban hacerlo rey a su llegada a Jerusalén, se escabulle a orar al monte “y al atardecer estaba solo allí” (Mt 6, 23). Ahora vemos con qué falta de pudor los ministros pulsean con el poder profano para probar quién es más fuerte, más poderoso.

El silencio también constituye un escándalo cuando lo que está en juego es la dignidad del hombre y los ministros encargados de “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21), prefieren callar para favorecer al César en lugar de defender las cosas de Dios.

En tiempos en que se predica el cuidado del medioambiente, es preciso cuidar también el medioambiente social promoviendo un clima de valores y de concordia. Es obligación de los pastores construir una atmósfera de serenidad frente a una sociedad tan contaminada, tan corrupta y donde predomina el escándalo.

Cuando se calla, se favorece al escándalo.

No es admisible verlos subirse a ese Carro de Tespis en medio de sátiros y corifeos para rendir honores a los políticos. Eso no es evangélico. Pero mal se puede predicar la paz social cuando el mismo Presbiterio es un nido de alimañas dividido en razón de apetencias mezquinas y humanas.

Así no hay altares sino tribunas, no hay amor sino revancha. No hay predicación del Resucitado –diría San Pablo- sino egoísmo poseso.

Son tiempos de apostasía, no sólo religiosa. Existe una apostasía laica en aquellos que traicionan sus ideales. Pero también aquí el pecado quizás sea menor porque no compromete al alma sino al sistema. En cambio, cuando se adultera el dogma se incursiona en la felonía contra el pueblo y cabría allí un acto de contrición; sin embargo, la jerarquía permanece en su postura de la fuerza, incluso señalando siempre que el error es ajeno.

San Agustín, Doctor de la Iglesia afirmaba que: “Errar es humano; perseverar el error es diabólico”.

 “El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap. 2-29)

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