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¡Late corazón!

Política, invocación a todo y nada. Su definición está en cualquier diccionario de cualquier idioma. Incluso la etimología de la palabra. Y en los claustros académicos de la filosofía y las ciencias hay una infinidad de definiciones tan variopintas como ocurrentes y concurrentes hay.
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En este mundo raro donde las palabras parecen haber estallado en miles de pedazos ni los políticos atinan a una definición única más allá de las demagogias de ocasión. No tengo interés en enredarles (y enredarme) en interminables discusiones académicas sobre el asunto de la definición de la palabra política.

En realidad, creo que esas definiciones de política no explican nada. Por mucho que se esmeren al final no dan cuenta del significado de la palabra. Quiero decir nada verdaderamente útil hay en ellas. Verbigracia: “Ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades humanas, especialmente de los estados.” O más cándida: “Actividad de los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a una sociedad o a un país”. O esta definición más solemne e ideológica: “la política es una actividad orientada en forma ideológica a la toma de decisiones de un grupo para alcanzar determinados objetivos”.

Y así podríamos ocuparnos de infinidad de definiciones todas de valor universal y completamente inútiles en sus cosmogonías. La definición de política de Charles Maurras, político francés de extrema derecha, fue la que más se difundió en nuestros tiempos. “Política es el arte de hacer posible lo necesario”. Se trata de una definición muy ampliamente difundida. Muy utilizada por los políticos, sobre todo en ocasión de explicar lo que sin esa definición no podrían explicar.

Allí Maurras libera la palabra política de toda ética.  “Política es el arte de hacer posible lo necesario”.

Pero ¿Cuáles son las restricciones de la práctica de ese arte?, ¿Qué es lo moralmente necesario? Hay en la “definición – postura” del fundador del movimiento monárquico Acción Francesa una alharaca descomunal de cinismo.

Tengo para mí que lo de Maurras es más una postura política que una definición de la palabra política.  Y creo también que es singularmente dañina por lo indecente. Una pena el hondo calado en la vigencia política de esa definición – postura de la palabra política.  Una pena entre dramática y trágica.

Disculpen lo autorreferencial. Creo en la política como en una fenomenología de la moral. La política sin moral es Maurras. O cualquier cosa. Lo que sea. Lo que sea que surja de un momento mórbido de la historia. Lo a-moral es lo preparatorio necesario a lo in – moral. Hay que saberlo y decirlo: La indecencia pública es la hija dilecta de la “Política es el arte de hacer posible lo necesario”. No puede ser de otra manera.

La pobreza es la consecuencia de la indecencia pública. Y todos los sufrimientos subyacentes están soportados en la corrupción política de la política a-moral.

A la política le sobreabundan definiciones, pero de todas la de Maurras es completamente indecente por falsa y cínica. Porque en realidad es una postura. Es una definición política. Una afirmación moral hacia lo inmoral.

Prefiero la definición política de la postura que sostiene a la política como a un espacio simbólico donde se dirime el sentido ético de la historia.

Prefiero creer con el hermoso Antonio Manchado en aquellas pocas palabras que emocionan cada vez que las traemos al presente y nos dan fuerza ante tanto disparate moral. En esa proposición corta, vital y contundente que el Poeta dejó para los tiempos y que deberíamos repetirnos ante cada noticiero, ante cada página de cada periódico, ante cada crueldad de los abandonos de estado, ante cada riqueza mal obtenida, ante cada fraude y cada decepción cívica… “Late corazón… no todo se lo ha tragado la tierra”.

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