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Las manos de mi historia

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Las manos de mi madre canta Mercedes Sosa, la negra, siguiendo esa letra recuerdo las manos de la mía, quizás lo único que hoy al entrelazarlas me permite estar con ella y sentirme de veras con mi madre, podría agregar las de mi padre, tan ágiles para serruchar madera, hacer un nudo, como precisas para escribir, aun hoy con sus noventa y cinco años sigue firme su trazo y sigo envidiando su firma y aún hoy sigue tratando de enseñarme a hacer el haz de guía, ese nudo que no se ajusta y que en el mar y con los cabos mojados se convierte en tu cómplice.

Por Álvaro Ulloa

Las manos de mi madre parecen pájaros en el aire sigue cantando la negra y me hace pensar en miles de manos con vida propia, que recuerdan y ejecutan de memoria, antes que el cerebro lo ordene, me imagino las de San Martín empuñando su sable Inglés, ese qué después le lego al Restaurador de las leyes como sabían llamarlo a Rosas, haciendo molinetes para frenar los lanzazos Españoles mientras dirige su carga de San Lorenzo, tan suya, tan histórica, o las de Cabral, aquel moreno Correntino que entró en la historia ocupando sus manos en salvar a su general en vez de defenderse.

Pienso en las manos de Güemes con cicatrices de cien combates enrolladas en las riendas para aguantar la herida que lo lleva a la muerte sin caer del caballo.

En las manos de María Remedios Del Valle pidiendo en la recova del cabildo de Buenos Aires, tan pobre que ni para comer tenía, después de combatir en el Tercio de Andaluces contra los Ingleses en las invasiones, llegar al Perú en el ejército del Norte y pelear en primera línea en la batalla de Tucumán, ser nombrada capitana del ejército y madre de la Patria por Belgrano habiendo visto caer a su marido y sus dos hijos en combate, tan vacías esas manos, tan morenas, tan olvidadas.

En las manos del pueblo Jujeño cargando lo que podían llevar en el éxodo, dejando una provincia arrasada para que España no coma.

En la mano del manco Paz que perdió su derecha por las balas realistas y terminó peleando contra los caudillos del interior, pero se negó a estrecharle la mano a John Coe, Almirante de la Confederación Argentina que cambió de bando por Plata y peleó para la cesionista Buenos Aires diciéndole Paz no saluda traidores.

Imagino las manos anudadas al timón de Luis Piedrabuena aquel capitán de la armada Argentina que socorrió náufragos en uno de los mares más terribles del mundo, reconstruyendo con los restos destruidos de la Goleta Espora al Luisito en homenaje a su hijo muerto y salvando a los náufragos del Eagle allá en el Atlántico Sur.

Las de miles de niños escribiendo el abecedario porque Sarmiento insistía que Argentina no iba a ser analfabeta. Las de Catriel cimbreando su tacuara, las de Villegas galopando al frente de una carga del Tres de Fierro sobre uno de sus blancos. Las de Tadeo Isidoro Cruz que no consciente que se mate así a un valiente y sella su destino empuñado su sable para ayudar a Martín Fierro.

Las manos de la historia son tantas que elijo al vuelo seguramente ignorando algunas de las más fuertes o de las que más contienen.

Como las de Cecilia Grierson que supo estudiar medicina cuando no era cosa de mujeres y ayudó a nacer a miles hasta ser partícipe de la primera cesárea de la historia Argentina o las de esa artista genial nacida en Salta o Tucumán depende quien escriba su historia que fue Lola Mora y que decoró las calles de Buenos Aires con sus mármoles con alma.

Las manos de mi historia se endurecieron con el esfuerzo, con el arado, con la rienda, con el tejido y amasando fueron construyendo una patria.

Después vino la paz y crecimos y con ella vinieron las manos de Irigoyen y Perón firmando derechos sociales y del Presidente Illia que las mantuvo tan limpias que terminó el gobierno y ni casa tenía y las de Jorge Luis, juntas en su bastón dictando Fundación Mística que es la poesía que más me gusta y hubo cinco de los nuestros que recibieron en sus manos el Nobel y llegó Fangio y las manos del chueco de Balcarce nos llenaron de orgullo manejando la flecha de Plata hasta ganar cinco campeonatos del mundo y volvió Favaloro y sus manos crearon vida reparando corazones y Quinquela usó sus manos para dale color a la Boca mientras el Cuchi Leguizamón las usaba para sacar poesía de un piano y después miles de manos pintaron Luche y vuelve en las paredes y volvió Perón de la mano con Isabel y al poco nos cruzó la violencia y de esos años de sangre solo rescato las manos de Larrabure secuestrado más de un año y que antes de ser muerto escribió la carta pidiéndole a sus hijos que no odien.

Y volvió la guerra, fría y lejana en unas islas que millones de estudiantes coloreamos como Argentinas en los mapas y los chicos que la pelearon usaron sus manos cavando pozos para sobrevivir entre las bombas enemigas y hubo héroes, y hubo miles que estiramos las manos para sacar del mar a más de setecientos cuando se hundió el crucero.

La democracia trajo las manos de Alfonsín unidas abrazando a toda una generación mientras rezaba el preámbulo y a Sábato usando las suyas para firmar el Nunca Más que se convirtió en leyenda y en esos años y allá en México otro Argentino usaba la mano de Dios para darnos la segunda copa del mundo y llenarnos la cara de risas.

Hubo otros mundiales y las manos de Goico nos llevaron a otra final y la mano del Cani nos hundió en una final sin chances de gloria.

Y una chica Argentina recibió un anillo entre sus manos y se convirtió en Reina de un país lejano mientras una música escrita por la mano de Piazzolla la acompañaba en sus recuerdos y las manos de Julio Boca se convertían en cisnes y hacían aplaudir al Colon de pie. Y vuelvo a Salta y recorro los parajes donde las manos de Chifri le dieron futuro a los chicos de Alfarcito.

Después las manos de Argentina se crisparon y dejaron de está tendidas proponiendo la amistad y pasaron los años y llegó Francisco y usó sus manos para bendecir a su tierra allá en el fin del mundo y pensamos que alcanzaba para que firmemos la paz y no alcanzó.

Hoy escribo sabiendo que faltaron miles de manos que merecían estar en esta historia y pienso en unas manos que un día se vistieron de blanco para decir si quiero y me acompañaron formando una familia y me despido abrazado a las manos de mis hijos que están llenas de esperanza.

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Gral Güemes 1717
Salta, Argentina