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Las cuatro condiciones para ser una bruja

Fueron las primeras mujeres estigmatizadas oficialmente por el modelo social masculino imperante en el medioevo institucionalizado sobre por la Iglesia Católica que consideraba amenazante el saber popular de aquellas mujeres.
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El conocimiento ha sido siempre el mayor enemigo del poder laico y eclesiástico. La misoginia de la jerarquía católica asociada al poder de los reyes intentó durante la Edad Media monopolizar a la sociedad instituyendo la ignorancia como un modo de dominación social… lo mismo que ahora. Así, la mujer fue la primera víctima de ese orden signándola como bruja, un espectro que debía volar montada en una escoba y cumplir cuatro condiciones.

Las “brujas” no eran esos seres deformes que mostró siempre la iconografía o consagró la literatura, sino mujeres simples que poseían dones naturales para curar, para hacer dar a luz o practicar abortos. Algunas fueron las primeras alquimistas o tenían el don de profecía, todas condiciones consideradas amenazantes para la alianza trazada por el papado y la realeza, además, sea dicho, que muchos papas y reyes eran verdaderamente ignorantes y temían al conocimiento… casi lo mismo que sucede ahora.

Sin embargo, el poder misógino del medioevo alteró algo que para antigüedad era claro respecto de ciertas habilidades de las mujeres como las sibilas que tenían poderes adivinatorios, tanto que algunas de ellas fueron retratadas por Miguel Ángel en sus frescos de la Capilla Sixtina en el Vaticano.

La primera condición para ser encausada como bruja, por supuesto, era ser mujer, aunque hubo varones que fueron quemados también acusados de prácticas esotéricas.

La segunda condición era haber celebrado pacto con el Diablo, lo cual se evidenciaba, por ejemplo, por la presencia de lunares en algunas partes del cuerpo. De allí que los inquisidores de la Iglesia revisaban a las mujeres desnudas y punzaban con unas púas de hierro esos lunares; si sangraban, era signo de brujería.

La tercera condición era participar de los aquelarres, es decir, “fiestas” que se celebraban luego de la medianoche en los bosques a las cuales asistían las mujeres –ya embrujadas- con el Demonio, quien las poseía carnalmente; tal era el íncubo, quien bajo la apariencia de varón las poseía. Ocurría lo mismo con los súcubos en el caso de demonios con apariencia de mujer.

Finalmente –y esto es lo más interesante como ridículo- esos aquelarres se llevaban a cabo pasada la medianoche en las profundidades de los bosques por lo que las mujeres tenían que ir hasta allí y retornar antes de la madrugada ¿cómo hacerlo? Volando. ¿En qué? En una escoba que era el instrumento inmediatamente asociado a la vida de la mujer.

La asociación de la mujer con la escoba dice de una temprana reducción de la mujer a un lugar doméstico –y domesticado- dentro de la conformación social de la sociedad. Tal era aquella reducción que la figura de la mujer se redujo al mismo estadio de un gato o un gallo negro, para la mentalidad de aquella época.

Como es posible deducir, la lucha de las mujeres por sus reivindicaciones hunde raíces en lo profundo de la historia, una lucha que no se agota pues a pesar de los avances de la tecnología y del pensamiento igualitario, para vastos sectores de las sociedades las brujas ya no existen… “pero que las hay, las hay”, dicen.

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