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La era del Carpincho

De pronto, una invasión de carpinchos al exclusivo enclave de Nordelta tuvo su impacto en las redes sociales que multiplicaron la figura del típico animalito de la fauna argentina traduciéndolos a “memes” políticos que acompañaban fotos de Dylan el perro presidencial hasta un supuesto peinado de Patricia Bullrich.
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Según su etimología, el nombre carpincho deriva del verbo latino “rodere” que puede traducirse como “roer” y del sufijo “dor”, que indica “agente”. En un juego de imaginación y paráfrasis, parece una alegoría de la realidad argentina que estos “agentes roedores” hallan avanzado sobre un baluarte de la neo-oligarquía argentina, compuesta en su mayoría de “garquías” más que de “oli”. Alegoría, decimos, porque las nuevas fortunas argentinas se han amasado royendo presupuestos oficiales a través de licitaciones infladas, facturaciones “truchas”, retornos bajo la mesa, testaferros, desvíos de fondos al exterior y una gama todavía más imaginativa de rapiñar al Estado.

Lo paradójico también es que los carpinchos hayan avanzado sobre los que fueran sus humedales ganados por los emprendimientos inmobiliarios que los desalojaron de su hábitat natural.

Esta es otra característica referente de lo que ocurre hoy, ya que esa clase “dirigente” reunida en ese sitio “top”, como suele hacerlo en las distintas provincias del país, es comparable al desplazamiento social que la rapiña oficial es institucionalizada hace con los argentinos a quienes expulsa de su situación social para arrinconarlos en guetos cada vez más pauperizados.

Curiosamente, lo mismo que los carpinchos que de pronto, por un impulso instintivo avanzan sobre lo que fueron SUS terrenos, cada vez que los ciudadanos avanzan sobre las ciudades buscando recuperar sus derechos, son reprimidos.

Existen dos formas de reprimir a la especie social desplazada, por acción o por omisión. Por acción es cuando se envía a la Infantería policial a que cumpla el ancestral mandato de que “la letra con sangre entra” y los invasores son reducidos a palazos. La represión por omisión es aún más bárbara y dañina. Consiste en dejar que los ciudadanos-carpincho avancen, tomen posiciones, se adueñen de las calles, de las rutas, de los lugares estratégicos hasta que el conflicto baje de nivel, es decir, no sea entre ciudadanos-carpinchos, sino entre éstos y los ciudadanos que todavía no han decidido invadir los espacios públicos reclamando.

De esta manera se forma el cuadro más surrealista toma forma cuando las dos clases de carpinchos se enfrentan entre sí. Los roedores del Estado y los desplazados.

La única verdad es la realidad

Las últimas elecciones, sin embargo, cambiaron el ángulo de esta realidad y si hasta allí la alegoría funcionaba en estos términos ahora cambió para oponer fieras entre sí.

Como en los mitos donde sobreviene la transformación de una especie en alguna suerte de demonios, de la misma manera dentro del poder se han terminado los hechizos y los monstruos se lanza a comerse entre ellos.

A diferencia del problema del carpincho que todo argentino podía desdeñar por estar localizado y circunscripto, esta justa entre bestias puede arrasar con la poca tranquilidad y orden que le va quedando al país.

El ámbito de la esfera nacional de la política se ha convertido en una selva oscura donde al igual que aquella que describía Dante en el vestíbulo infernal se ha perdido toda condición espiritual y la soberbia, la avaricia y la lujuria son las tres bestias que obstaculizan el camino de una salida pacífica a la crisis.

De esa guerra épica puede abrirse una Caja de Pandora cuyas pestilencias se derramen sobre la sociedad toda con un trágico saldo de mayor postergación para “todos y todas” –de paso sea dicho- una fórmula “inclusiva” forzada propia de quienes no tienen conocimiento de los sustantivos epicenos… y de ningún otro tipo tampoco.

Tal vez cuando estas letras vean la luz las escaramuzas ya estén resueltas o se haya desatado la confrontación.

Mientras eso ocurra, en los humedales, los carpinchos mansos, ajenos a esa violencia política, vean interrumpido su rumiar con la más feroz de las alegorías: Aquella de las Furias que en lugar de restaurar el orden perdido, habrán hecho perder el orden a los argentinos.

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