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La angustia del acorralamiento progresivo

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene: Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo...
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Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

–Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

–¿Estás seguro?

Asentí.

–Entonces –dijo recogiendo las agujas– tendremos

que vivir en este lado.

Casa tomada, Julio Cortázar

Hace unos meses, por esos asuntos del azar, volví a leer “Casa tomada”, el cuento de Cortázar. Todavía me sorprendo al ver cómo la coyuntura se las ingenia para alcanzarme una palabra, un gesto, una melodía, un mínimo detalle o un cuento que me otorgan cierta claridad.

“Casa tomada” narra la historia de un “simple y silencioso matrimonio de hermanos” que comparte una casa antigua y guarda los recuerdos de toda una genealogía, una casa en la que “podían vivir ocho personas sin estorbarse”. “Irene era una chica nacida para no molestar a nadie” y una amante del tejido; su hermano, un lector. Ambos se esfuerzan por mantener limpia la casa y comparten las rutinas que ocupan sus días. Todo transcurre en paz hasta que una serie de ruidos comienzan a habitar parte de la casa. Así lo describe Cortázar:

“Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa”.

Esa energía extraña, fantasmal, sofocante y enigmática avanza cada vez más hasta tomar la casa por completo. Perplejos y acorralados, Irene y su hermano deciden finalmente huir.

“Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Han tomado esta parte –dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta el cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

–¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? –le pregunté inútilmente.

–No, nada.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”.

La lectura de este cuento me llevó a pensar en una experiencia loca que se ha vuelto cotidiana: el confinamiento. El mundo, azotado por la pandemia causada por un virus chino, hay que decirlo, sobre cuya causa y origen se han elaborado un sinfín de historias, algunas incluso surrealistas, ha cambiado su estilo de vida de un modo inédito. Cada país diseñó distintas estrategias y políticas para afrontarla, algunas más exitosas que otras, y hoy, mientras el mundo vacunado va abriéndose, Argentina busca esconder bajo la alfombra lo imposible: la cantidad de muertos por COVID-19.

Hay un hecho, sin dudas, constatable: la angustia. Ese afecto que no engaña, tal como decía Lacan, divide y con suerte se localiza en algún lugar del cuerpo, o logra nombrarse, encontrando así, por la vía de la palabra, alguna suerte de escape, que no la resuelve, pero vehiculiza en ese decir una cierta resistencia a ese magma difuso que nos deja inmersos en un limbo indescifrable. La gente está angustiada, no es ninguna novedad y cada quién lo experimenta en su cotidianidad. Pero a la angustia de la pandemia parece asociarse otra más escandalosa. La angustia de lo que desborda cuando no hay plan, o no hay vacunas, o no hay segundas dosis, o solo hay vacunas de países amigos, o el gobierno argentino rechaza vacunas en donación, o una joven de veintidós años insulinodependiente muere sin haber llegado a acceder a su vacuna mientras el vacunado suertudo Luna muestra con obscenidad en las redes sociales cómo él sí obtuvo la suya por integrar el grupo de los “privilegiados”; o bien, hay una única solución que no resuelve demasiado el asunto pero se instala con una obstinación feroz como un comodín, esa carta mágica que todo lo “arregla”: el confinamiento eterno.

Se advierte, y lo describe con precioso detalle Cortázar, que cuando falta ese apenas para moverse, el vivir se estrecha, apreta, incomoda, se vuelve cada vez más finito e insoportable, escalando más y más y más hasta acorralar, y en su versión extrema, obstaculizar el acto más simple y extraordinario de la humanidad: respirar. Frente a esto, ¿qué queda? Huir, como Irene y su hermano, abandonar el país como cientos de jóvenes, adultos y familias enteras lo vienen haciendo en este último tiempo. Mientras tanto, a quienes no podemos por diferentes motivos inclinarnos por esa salida nos queda sobrevivir, no solo al virus y a los efectos del COVID-19, sino también a esta suerte de descuido, por usar un término elegante, de la dirigencia política respecto del sufrimiento psíquico de los argentinos.

En otro orden de cosas, lo siniestro irrumpe cuando un Estado, cualquiera sea, se sirve del miedo que toda pandemia naturalmente despierta en la humanidad, para ejercer el tentador abuso de poder y avasallar las libertades individuales y los derechos de los ciudadanos.

La cifra de más de 86.000 muertos en la Argentina parece mostrar que no queda tiempo para la especulación, la ideología, el eslogan ni el asistencialismo. El tiempo corre. Entonces, Sr. Presidente, a las cosas.

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