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Diario de viaje

La 40 en moto

La ruta 40 sigue siendo una de las carreteras con más “mística” del mundo. Su paisaje y su dificultad, que para algunos es una maldición, es una aventura que, aunque sea una vez en la vida debe hacerse.
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Hay algunas rutas que deben hacerse, sea en moto, bicicleta o en auto, aunque sea una vez en la vida; son famosas la Ruta 66 en Estados Unidos, La Transpirenaica, en Europa, la carretera del Karakorum, la “ruta de la muerte” en Bolivia o la terrible “ruta de los huesos” en Rusia, pero en especial recorrer la ruta 40, que une la frontera norte de Argentina con la Patagonia, siempre pegada a la Cordillera de los Andes.

La Ruta Nacional Nº 40 “Libertador General Don José de San Martín”, tal su verdadero nombre, es una carretera cuyo recorrido se extiende desde el cabo Vírgenes, en la provincia de Santa Cruz en el sur, hasta el límite con Bolivia en la ciudad de La Quiaca, en Jujuy. Tiene una longitud de casi 5.000 KM.

Su recorrido deja al descubierto miles paisajes únicos, pero es en Salta en donde alcanza su máximo esplendor. Su paso por los Valles Calchaquíes y posteriormente por la Puna, superando pasos de 4900 metros sobre el nivel del mar, es uno de los viajes más buscado por los aventureros.

Nadie escapa a su encanto. Kimón Demitropulos, es director y propietario de FM Capital de la Ciudad de Salta. Como todo hombre de radio es medio reacio a sentarse a escribir, pero sin embargo la experiencia de viajar en moto por la 40 lo empujó a contar su experiencia, no en un libro, sino en Twitter, algo más corto, pero muy válido.

“Salí el miércoles pasado desde Salta rumbo a Cachi. La ruta es formidable hasta llegar a la Cuesta del Obispo. Allí comienza el camino de tierra y algunas calaminas. Sorprende a esta altura del partido, siendo Salta uno de los destinos predilectos de turismo nacional, que no se haya pavimentado este tramo que debe ser de los más bellos del país. No alcanzan los ojos para admirar la subida y literalmente tocas las nubes con tus manos. Un sueño.

Ya en Cachi me sorprendió que en un bar y una farmacia te reciben los billetes con una servilleta y además los rocían con alcohol en gel. También que no había nafta en el pueblo y quedas varado hasta que llegue el camión.

Cachi es precioso, y el famoso ovnipuerto no está explotado. Se destaca lo ameno de su gente, aunque cada vez son más los extranjeros que te atienden en los negocios. Desde hace meses venden una sola marca de cerveza y desde hace tres que no hay variedad en bebidas porque los camiones no quieren subir.

La gastronomía no es barata pero sí vale la pena. Sí caminas un poco encontrás buenos precios. Probé por primera vez una cazuela de llama y estuvo riquísima.

Quise reservar un Hotel en Seclantás, pero ninguno recibe turistas. Es que la gente del pueblo no quiere recibir a nadie y no los dejan trabajar. La desazón de los hoteleros es indescriptible. No pueden abrir desde marzo del año pasado y no reciben ninguna ayuda estatal.

Emprendí el viaje de Cachi a Cafayate por la ruta 40. Son 170 kilómetros de calamina, tierra y arena. Creo que, de todos mis viajes, en pocos quedé absorto con tanta belleza y opulencia del paisaje. Nadie debería morir sin ver esos colores, sin andar por esos parajes.

Con la misma intensidad que trato de plasmar la inconmensurable belleza, destaco la impotencia por el pésimo estado de la ruta y la tortura que implica viajar en cualquier vehículo. Algo ridículo para una provincia tan turística como la nuestra. TODOS evitan la ruta, TODOS.

Mientras sufrís la ruta y admiras las postales que te regala el andar, también pasas por pequeños pueblos, asentamientos, parajes, los cuales cambiarían su vida con una ruta en condiciones. La cantidad de emprendimientos y vidas que se cambiarían es innumerable. Juro da bronca.

Llegué a San Carlos y parecía Las Vegas. Estuvieron toda la semana de festival y no había plazas en los hoteles, así que seguí a Cafayate que sería algo así como el Vaticano de los Valles. Se nota la riqueza de entrada nomás y la cantidad de turistas por todos lados. Aunque allí también te dicen que vuelven a cerrar todo y tienen que aprovechar estas semanas que quedan.

Comer en la plaza es un robo, aunque todos los locales viven llenos. Una cerveza $550 y no de litro. Hay mucho menos respeto por el Covid-19 aunque mucho más que en Salta Capital.

Los hoteles están a full y los buenos restaurantes solamente se manejan con reserva (hay algunos que la cuenta es solo en dólares). Las piletas de los hoteles están reducidas por capacidad mínima de personas y algunas por horarios (turnos de 45 minutos al día). Claro, todo hasta las 2 AM que no queda ni el loro. Insisto con la ridiculez de que durante el día explote todo y de noche se cierre por prevención.

Cafayate es hermoso. Un clima que siempre acompaña, pero es muy caro. Muy lindo, aunque desorganizado fue la visita a las Siete cascadas. Ya saliendo para Salta, quienes no conocen la ruta es onírica. Fotos en todos lados. Mucho colectivo y mucha moto. Un placer hasta que llegas a Chicoana y comienza la congestión de tránsito. En todo mi recorrido hasta llegar a Salta no vi un control vehicular de ningún tipo.

Vale la recomendación y no podés dejar de hacer la vuelta a los Valles. Belleza y buena gente por todos lados. Incertidumbre y falta de inversión Estatal sobra. Hoteles y hostales no prenden el aire acondicionado porque no saben si van a poder pagar la factura. A ese nivel.

Salta es uno de los destinos más importantes de Argentina, pero no sé en cuantos lugares del mundo existen nuestros paisajes y la calidez de la gente del interior. Vos que lees anda y conocé. Llenate de experiencias y anécdotas. Abrí la cabeza, conocé Salta, que enamora”.

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Gral Güemes 1717
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