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Entre dos orillas

¡Qué suerte la tuya! ¿Cómo la viste venir? ¡Que valiente! Palabras que se repiten en las conversaciones con amigos y familiares, pero la verdad es otra.
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Tomar la decisión de dejar todo a los 43 años para recomenzar en otro país no está ligada ni a la suerte, ni a predicciones o vaticinios, mucho menos a valentía, yo diría más bien al coraje, de enfrentar tus demonios internos y aun con miedo emprender la travesía.

Me llevo un año de conversaciones internas, tomar, dejar y retomar la idea, muchas reflexiones, de llenarme de temores, a veces fundados y otras no tanto y querer continuar con la vida que ya conocía y autoconvencerme, como siempre, que la cosa cambiaría en algún momento, aunque sabía que la historia seguiría siendo la misma,  el estrés, la inseguridad, la falta de oportunidades, la asfixia económica, siempre con la soga al cuello, trabajando sin descanso, mi obligación era mantener una empresa que contra todo mal pronóstico seguía peleándola día a día, ¿cómo no lo iba a hacer?, familias enteras dependían de que siguiéramos adelante. Llena de ideales y con ganas de hacer, de crecer, de generar. Lastimosamente puse energías en un país donde una mayoría elegiría otra cosa.

Todo comenzó por un sueño, de esos que te dejan pensando todo el día, me anime a tomar unas vacaciones, en pleno verano europeo regrese  a España, a visitar amigos entrañables, que a pesar de 20 años en el medio, seguían estando ahí, como si se hubiera congelado la historia y la retomara en donde la dejamos, era como una señal, tenía que salir de mi zona de confort y eso me llevó a contactar con gente nueva y salieron nuevos proyectos, la idea en realidad era buscar algo, no sabía qué, pero algo y de alguna manera se abrió un mundo de posibilidades, al regresar estaba más convencida de lo que debía hacer.

Llegó el 11 de agosto de 2019 el resultado de las PASO fue desalentador, el 19 de octubre de 2019 sucedió lo que marcaría el principio de una nueva vida,  no había más vueltas que darle, no fue suficiente las ganas de hacer, de levantar la bandera y decir queremos otra realidad, #SISEPUEDE, quedó para la historia,  una convocatoria multitudinaria donde muchos argentinos como yo estaban hartos de lo mismo, pero  ya conocemos el resto del cuento, sabía que tenía encima una maquinaria mayor que aniquilaría lo poco que tenía, y llegaron las votaciones y el 27 de octubre 2019 mi marido, quien aún no estaba convencido del todo, compró su pasaje, decidido  por  cansancio, asqueado y desilusionado, prefirió comenzar de cero en otro contexto,  se sumó, según él ,a esta locura. Ya habíamos decidido marchar con mi hija, en mi balanza estaban las frustraciones de un lado y la incertidumbre del otro, pero la mirada adolescente me sorprendió, ella con su razonamiento tan nítido y maduro, me dio la fuerza suficiente como para echar a rodar las ganas.

Tomamos los miedos, los metimos en una valija y salimos a buscar algo distinto, el precio que ella pagó fue sufrir crisis de ansiedad y pánico con solo 14 años, hoy me pongo en su lugar y entiendo lo traumático que fue el desarraigo. 

Llegamos la primera semana de diciembre, fueron las primeras fiestas de su vida lejos de la familia, de mi esposo. Pero a la vez el principio de su nuevo camino. 

Pintaba bastante bien todo, parecía que los proyectos se concretarían y saldría según lo planeado, solo había que retocar detalles y listo, comenzar a trabajar y a fluir. Pero… siempre hay un, pero, de un momento a otro se desvaneció lo pactado.  La vida está llena de desafíos y quiebres, y saber gestionarlos es la base para seguir avanzando sin perder el norte. 

España no es un país para venir sin papeles, tenes que hacer las cosas bien, y sin papeles no tenes nada, la sociedad, la política inmigratoria, todo el contexto económico te obliga a estar en regla, los conflictos empezaron a salir, me desanime y angustie porque sabía que se avecinaba tiempos difíciles. Tuve una llamada telefónica con una argentina que vive en el norte de España desde hace 25 años y sus palabras fueron tan justas, me dijo “¡AGUANTA EGLE, AGUANTA!, CREEME, NO TE VAS A ARREPENTIR”. Nada estaba saliendo bien, al contrario, estaba muy lejos de lo que esperábamos, la cosa no quedaría ahí, a los pocos días de llegar mi marido, en febrero 2020, empieza a circular la noticia de una gripe peligrosa, y de repente, el mundo cae a los pies de un virus que nos encerraría para preservar la vida, con el bichito, se complicaba más la historia.

Temimos que todo esto genere una caída económica en España, que justo ahora estalle una crisis, de esas a las que estamos tan acostumbrados en Argentina, pero que lejos de casa no queres vivirla.

Llegó el primer desafío, resolver vivienda, pago de alquiler, servicios, comida, etc. para sorpresa nuestra vivíamos como argentinos en España, estamos tan acostumbrados a reinventarnos que pasar una pandemia enclaustrados no fue tan terrible, vivimos en un país que respeta leyes, que tiene una economía más estable, un aproximado de un 2 % de inflación, un país que te permite salir tranquilo, sin sentirte inseguro y paranoico, con normas estrictas y protocolos que permitieron continuar con la educación de los chicos, sin ir más lejos y para poner un ejemplo, en la clase de mi hija hay 25 alumnos, no hubo contagios en el establecimiento.

Aunque aquí renieguen, no te desangra hacienda con impuestos, todos estos factores nos favorecieron.   ¡Es cierto! Ya no soy empresaria… tampoco logre cerrar la sociedad que venía a hacer, mi realidad hoy es que trabajo de vez en cuando cuidando abuelos o lo que se presente. Me dedico a mi casa, mi marido ya no es empresario, se dedica a reparaciones en general y trabaja como independiente para unas inmobiliarias de la zona y del buen nombre que se hizo lo llaman de varios lugares.

Que te quiero contar que vivimos mejor como extranjeros, haciendo algo totalmente diferente a lo que hacíamos en argentina, en una tranquilidad económica que nos permite planificar, proyectar, decidir, nos permite VIVIR.

Cuando me senté a escribir, las ideas se agolparon en mi cabeza tratando de hacer una cronología de los acontecimientos que me trajeron aquí, lo real y cierto es que  fue el cansancio, la desilusión, el manoseo, sentirme pisoteada, la impunidad, la corrupción, el contexto político y económico, la falta de justicia, la inseguridad, por mencionar algunas, lo que a empujones me sacó de Argentina.

Siempre amare mi país, pero como en una relación tóxica, hoy no me hace bien, si tengo que animar a quien tenga la oportunidad de salir y hacer algo diferente, sin dudarlo le digo “hacelo”, pero la advertencia es que deben saber que muy pocas veces las cosas se dan como lo planeas, todo depende de cómo encares la situación, no vengas lleno de expectativas, deja que las cosas se vayan dando solas.

Vivimos en un mundo conectado gracias a la MARAVILLOSA TECNOLOGIA, una gran ventaja, una gran herramienta, todo lo que necesitamos saber antes de emigrar lo encontramos en las diferentes webs que nos permite estar cerca de todos y al alcance de todo.

Algo más que rescatar es que cuando no estás en tu país, escuchar un acento familiar te llena el alma, las redes sociales generan lazos muy fuertes y lindos, afuera los argentinos se hermanan, se ayudan, se cuidan.

Definitivamente hoy no me arrepiento de esta nueva vida, solo han pasado 18 meses. Nos queda mucho camino que recorrer y más aún, adecuarnos a esta nueva realidad. Toda transición es compleja, muchas veces dolorosa, pero la experiencia vale la pena.

Hay cosas que no se compensan con nada, extraño: los domingos en familia y las mateadas en las tardes de tertulia, o que llegue de madrugada algún amigo en problemas, eso aquí no existe, ese tipo de mimos, de decir que nos amamos. Es muy nuestro el demostrar abiertamente. 

Esta es mi historia, una como muchas, que seguramente tiene en común lo difícil que es dejar los tuyos, de tratar de mantener las raíces lo más que se pueda, de no olvidar quienes somos y de dónde venimos.  De vez en cuando hay que calibrar la brújula, esa que nos marca el origen.

Y así estamos, entre las 2 orillas.

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