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Efectos chinos

Maso las 8,30 y la cola ya está cerca de la Belgrano, por la Adolfo Güemes. Ahí me instalo y enseguida paso a calcular cuántas horas me llevará el recorrido de más de dos cuadras hasta el Centro Argentino. Imagino que, con un poco de suerte y paciencia, a las 12 y ya casi muerto de frío.
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Menos mal que a las 8.31 el espectáculo comienza.

El hombre de adelante, abrigado con una campera negra adornada con el escudo de River Plate, representa el clásico papel, cantado en estas ocasiones, de hombre indignado con esta Argenzuela que no avanza. 

– Esto no está bien organizado. Adelante, recién están viendo cómo van a hacer. Seguro que sólo tienen dos enfermeros vacunando. ¿No vé que la cola no avanza, no vé? Si voy a patear a más de uno… 

-No avanza porque recién empiezan a vacunar a las 9, le responde el de atrás mío, menos machirulo y más informado. Sólo faltó que le diga: no seá zopenco, pué.

Y yo, que leí hace poco una cita de Gramsci y creo sobre la teoría de las élites, no puedo no meter la cuchara. 

-Eh no, si vamos a patear a alguien, patiemo a lo de arriba, no a los de abajo, le digo con cierto aire intelectual, porque allí todos éramos docentes. 

Hacen maso 10 grados y comienza a caer esa típica lloviznita de invierno que a más de una maestra prevenida les hace desplegar el paraguas sobre sus cabezas. 

Entonces hago un recuento de los elementos anti congelamiento de que dispongo para las próximas tres o cuatro horas: una gorra con visera, que encuentro en el fondo de la mochila, que además de cubrirme mis entradas, impedirán que las gotas de la llovizna agreguen más humedad a mis vidrios. ¡Tré bien pensée Gofén!, me digo para levantarme el ánimo, mientras levanto mis cejas sobre los marcos. 

Sigamos con el inventario, diría Benedetti, no el de Salta, sino el de Montevideo: El barbijo, por supuesto, que ha pasado a cumplir función anti dolor de garganta. Una bufanda de lana que me regalo mi mamá, con hermosas franjas rosas y grises, envidia seguramente de la mujer que acompaña al hombre de River, nada más que no me lo quiere admitir. 

Una campera azul eléctrico, con la que coroné el cerro Gólgota y el Chivilme en 2018, con la gente del Club de Locos por la Montaña. Ah, y el Yacones y el San Bernardo, todo entra en el currículo de un docente.

Camiseta térmica, de hilo grueso. Blanca. Calzoncillo largo hasta los tobillos, negro para hacer juego con el blanco ut supra.  Doble media, y botitas con plantilla extra, con las que podría subir de nuevo el Gólgota, a dos grados bajo cero. 

No está nada mal, me consuelo.

De todos modos, qué ganas de zambullirme de cabeza y en zunga, a cámara lenta, en la ola de alguna playa del Caribe, con 35 grados de calor y una latita a dos grados en la arena, como siempre lo deseó mi señora esposa. Nunca será tarde, termino prometiéndome. 

La cola avanza más rápido de lo temido, y el hombre de adelante prefiere cambiar de tema. Se ve que se trata de un experto burócrata; habla de declaraciones juradas, de licencias por artículo tanto o tanto, de recibos de sueldo y esas cosas tan aburridas típicas de la administración de colegios. 

Yo aprovecho para hacer un ejercicio Arltiano, cuando ya doblo de la Adolfo a la General Güemes, porque como ustedes saben, en Salta tenemos más calles con ese apellido que gente en esta cola. 

Miro una ventana del edificio del frente y me imagino los dramas, las pasiones y las felicidades que se esconderán detrás de esas pulcras cortinas. O trato de dimensionar las angustias con que entrará el próximo paciente de la psicóloga de este lado de la vereda.

O pienso cuánto lamentaría yo que a ese cura que hace la cola con gorra, bufanda y sotana, ninguna mujer –o varón, yo qué sé- lo desee ver en zunga, al borde del Vaqueros. 

Arltiano, por si no saben, vendría de Roberto Arlt, ese porteño que escribió las “Aguasfuertes Porteñas” y que unía su imaginación al espectáculo que le brindaban, todos los días, todas las calles de la Buenos Aires de los años 30. 

También me pareció ver, cerca de Fili, el consultorio de un especialista en próstata, pero justo allí la cola se movió rápido y por correr, les juro, dejé de lado toda imaginación arltiana. 

Cerca de las once –la cosa no fue tan grave-  me atiende en la puerta del Centro Argentino una funcionaria muy amable que me hace las preguntas de rigor, adentro hago una de las cuatro colas y casi sin darme cuenta un enfermero también amable me pincha en el brazo y me hace las recomendaciones de rigor. 

Es cierto que la palabra “cola” se ha repetido mucho en este texto, pero no tienen por qué hacer con eso un ejercicio de imaginación arltiana. Nada más, no he querido, por pudor, usar la palabra culo.

No más en la vereda de la Salmiento, comienzo a sentir los plimelos síntomas de la china. Por ejemplo, calculo en yuanes, no en dólares, el precio del pasaje ida y vuelta a Miami que me acabo de ahorral, con sólo tenel poquito de paciencia y de paso imaginalme algunas cosas a lo Lobelto Allt. 

De lepente, siento ganas de pateal a alguien, no en la cola sino en el culo. A alguien de aliba, no de abajo, polsu.  

Entonces, acomodo la mochila en mi homblo, y mientlas camino hacia mi trabajo alzo el dedo medio de mi mano izquielda y grito: ¡¡¡¡ Andá cagal, Maulicio!!!! Y desapalezco por la Salmiento, lumbo nolte.

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Eduardo Huaity González

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Gral Güemes 1717
Salta, Argentina