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Crónica de una mujer sin nombre

Nací y crecí en una pequeña villa del sur de España en diciembre de 1966. El 25 de diciembre para ser más precisa. Llegué al mundo en medio de un frío acuciante para importunar a mi madre, que en paz descanse. De hecho, de ahí en adelante mi cumpleaños se convirtió en el accesorio de la Navidad, como un pequeño reno con el que adornar el árbol cuidadosamente escogido para adornar la sala...
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Nací y crecí en una pequeña villa del sur de España en diciembre de 1966. El 25 de diciembre para ser más precisa. Llegué al mundo en medio de un frío acuciante para importunar a mi madre, que en paz descanse. De hecho, de ahí en adelante mi cumpleaños se convirtió en el accesorio de la Navidad, como un pequeño reno con el que adornar el árbol cuidadosamente escogido para adornar la sala. Con el tiempo llegué a entender que eso sucede al nacer la cuarta hija mujer. Y además lo que me determinó a no tener hijos.

Mi infancia transcurrió con espasmos de atención, con momentos felices seguramente infravalorados y ropa heredada. En su juventud, mi padre logró juntar unas pocas pesetas de por aquí y por allá (tal cual él mismo lo decía) y abrió una pequeña despensa la que a fuerza de un sacrificio a menudo desmedido, fue creciendo hasta convertirse en la proveeduría más prominente del pueblo. La única que tenía un cartel con luz y que solo decía “Proveeduría” en mala caligrafía, ya que para mi padre el nombre de fantasía no era importante. Estaba orgulloso de ese cartel, pero nunca entendí bien por qué. Era solo un cartel. Todo era trabajo y levantarse al alba. Mi madre cosía casi todos los vestidos que usábamos las cuatro hermanas para ir a la iglesia los domingos y, si bien no nos faltaba el pan en la mesa, tampoco teníamos una vida de lujos. Lujos. Mi padre odiaba esa palabra y creo que murió sin saber su verdadero significado. “Dios, España, la familia y el trabajo digno¨, ese era su mantra. A veces lo miraba beber su sangría en su mecedora con los últimos rayos de sol y pensaba: “¿Eso es todo?”

Pocas veces vi a mis padres demostrarse cariño. Era más bien un matrimonio de esos que existen, en los que las personas solo respiran y viven porque el aire entra a sus pulmones. Ese ritmo de constante sopor y polvo del pueblo al que todavía me cuesta nombrar, tiende a dormir las mentes cuando uno no conoce otra cosa. Aun así, distinguía una ligera inquietud en lo profundo de mi mente.

Durante años, de junio a septiembre suplicaba a mis padres me enviaran a pasar las vacaciones con mi madrina Maricarmen. Una mujerona imponente y adorable a quien extraño más que a mi propia madre. Bastante abierta de mente por su relación con el arte y con amistades excéntricas de las que me hablaba a menudo con tierna exageración.

Los veranos con ella eran de largas caminatas y excursiones al río, de juntar setas, de leer al sol y de conversaciones intrascendentes. Su marido era un hombre que la trataba bien, le daba los gustos y viajaba mucho por negocios. Para ella era más que suficiente ya que no tenía hijos y yo, creo al día de hoy, llenaba sus vacíos y ella los míos.

Ese verano del 83 en que todo cambió yo tenía diecisiete años. Mis hermanas tenían su vida “resuelta” con maridos e hijos en pueblos cercanos. Después de todo, habíamos sido criadas para ello. En una de sus cartas, supimos que Maricarmen había enviudado y se mudaba a Madrid luego de heredar una fortuna considerable. Mis padres nunca supieron explicarme lo de la herencia, pero tampoco me importó demasiado.

Luego de suplicar más de lo acostumbrado llegué a Madrid con una excitación que no me cabía en el cuerpo. La primera vez que crucé la doble puerta de ese caserón tuve la certeza de que eso era lo que quería y de repente, identifiqué aquella inquietud que a veces no me dejaba pegar ojo. Era ambición. Y ni siquiera había visto los pisos de mármol, ni el jardín de invierno o las camas amplias con dosel.

Apenas me vio, la mujer de unos cuarenta y tantos en ese momento, dio un respingo echando la cabeza hacia atrás y con su voz profunda de fumadora exclamó: -Venga niña!! ¡Qué has florecido a pleno!! Lo sabía desde hacía algunos años. La buena genética me había compensado ciertas carencias con un buen porte, una larga melena dorada y unos ojos verdes que os digo, quitaban el aliento.

Y ese fue también, el verano en que decidí que no volvería a ese pueblo que se tragaba a las personas mientras que, Maricarmen decidió por su lado que mitigaría su dolor de viuda con fiestas y alcohol.

Como buena madrina cuidó de mí como lo hacía siempre. Solo que esta vez disfrutaba particularmente de comprarme ropa, tacones y accesorios. Estaba de duelo, decía. Con eso justificaba casi todo lo que hacía. Yo estaba absolutamente encandilada y la acompañaba a cada museo, a cada evento al que asistía presentándome orgullosa a sus amistades.

Y sucedió aquella fiesta. Ese día el caserón era un hervidero de personas que llevaban flores y personal de limpieza y cocina que corría de un lado a otro para que todo saliera perfecto. Los invitados comenzaron a llegar y momentos antes de las diez de la noche, bajé por las escaleras amplias y alfombradas como si lo hubiera hecho toda la vida. Haciendo mío ese lugar al que sentía que pertenecía. 

Pasaron las horas y los tragos y nadie parecía tener intenciones de dejar el lugar, había pequeños grupos de amigos riéndose y bailando a un ritmo casi enloquecedor. Maricarmen estaba en su mundo. Entré en la biblioteca esperando alejarme del ruido, pero aún allí adentro se escuchaban las risas estridentes y la música. Un hombre alto se incorporó sorprendido sobre el escritorio inglés, y salió raudo evidentemente molesto por mi intromisión. En el apuro había dejado caer un pequeño pote que rebotó en la alfombra, rodando a mis pies. Claro que lo tomé y me lo llevé a uno de los baños de la planta baja. La etiqueta estaba desgastada, pero logré reconocer la marca. Eran de esas pastillas que tomaba Maricarmen cuando se encontraba triste. Momentos después volví a ver al hombre alto entrando a la biblioteca y luego salir buscándome con la mirada. Pero ya estaba fuera de su alcance.

Pasaron unas semanas y llegó el momento de hablar con mis padres para decirles que no volvería. Resistieron unos pocos días, hubo llamados, hubo cartas y hubo alivio cuando finalmente mi madrina los convenció de que podía terminar mi educación en Madrid y acompañarla en su duelo. Siempre funcionaba lo del duelo.

Vi por última vez a mis padres una navidad de no me acuerdo qué año. Una visita formal, más bien una evaluación de mi estado general pasando por alto mi cumpleaños, como era de esperar, poco antes de que muriera mi madre, a cuyo funeral no asistí porque simplemente no le veía el caso.

Comencé mi último año de bachillerato en el momento justo en que las pastillas milagrosas que todos los estudiantes buscaban para mantenerse a tono con los exámenes empezaban a ser retiradas de circulación por el gobierno. Estaban de moda y supe aprovechar el momento consiguiendo al principio unas pocas cajas y al poco tiempo las vendía a un precio bastante elevado y hasta tenía mis clientes frecuentes. Nunca las tomé, tenía claro que sería estúpido dejarme nublar el juicio con esa chorrada. No me costaba mantener en alto mi nivel académico ya que era una simple cuestión estratégica, nadie repararía en una buena alumna de perfil bajo. Tenía un par de “socios” confiables que hacían las entregas por un porcentaje ridículo. Me respetaba y admiraba hasta el portero del instituto. Todo fue de perlas durante meses. Aquellas pastillas pronto fueron reemplazadas por otras, y esas otras por otras.

Al terminar el año, la pobrecilla de Maricarmen estaba recluida en una clínica de rehabilitación, donde murió un par de años después a causa de una sobredosis de algún medicamento que quién sabe cómo, alguien introdujo en una de las visitas. Nunca se supo. La acompañé dos o tres domingos, pero ya no era la misma. Me dejó las pocas pesetas que le quedaban y el caserón donde viví por un tiempo. Mi expansión no tenía límites, pero cada vez confiaba en menos gente. Era imposible mantener el círculo cerrado por siempre. 

Con la perspectiva que dan los años creo que siempre supe cuál sería mi destino. Y lo vivo serenamente como quien sabe que la espera es parte de la estrategia. Aún dentro de estas cuatro paredes conservo aquella sensación que siempre me mantuvo viva y despierta por las noches y por, sobre todo, en la que confío mientras escribo estas letras.

Por Ana Salazar

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