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Caso Rosa Torino

“Cargnello estaba al tanto de los abusos”

Juan Manuel Bo fue el principal testigo en contra del Cura Agustín Rosa Torino. Es de Buenos Aires y estuvo en Salta para declarar en el juicio por abusos sexuales cometido por el religioso que dirigía el Instituto Hermanos Discípulos de Jesús de San Juan Bautista. Aseguró que toda la jerarquía eclesiástica sabía de los abusos.
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“Cargnello estaba al tanto de los abusos” - Revista Salvador

Juan Bo estuvo algo más de 6 años en el Instituto Hermanos Discípulos de Jesús de San Juan Bautista, que dirigía el cura Agustín Rosa Torino. Entró a finales de 2008 y se fue en el 2015, tras años de presiones.

Se dedicó durante años, inclusive mientras estuvo en el instituto, a recopilar testimonios de los abusos sufridos por sus compañeros y después de decenas de casos, denunció todo a la jerarquía eclesiástica. Nada pasó y los hechos intentaron ser cubiertos, desconociéndolos y negándolos o desprestigiando a las víctimas.

¿Cómo llegaste a la Congregación?

Porque venía de una búsqueda espiritual muy grande a partir de la muerte de un compañero del colegio y me metí en la fe, en la Iglesia, allá en San Isidro y en esa búsqueda, a los 20 o 21 años, estudiando psicología y con inquietudes vocacionales, un amigo me presenta al Padre Rosa y me lo muestra como un santo. “El San Pio argentino” me dice.

Ya venias con una formación religiosa…

Sí, yo venía de una aplicación en Tierra Santa y venía de muchos años de lectura de santos, sobre todo este San Pío y él me dice “es un santo argentino, hace milagros, te ve el corazón, te sana, es un fundador, no hay fundadores vivos y él es un fundador, no sabes cómo predica”. A la semana me dice “vino Rosa a Buenos Aires, juntante un grupo y vamos a verlo”. Bueno, junté un grupo y fuimos a verlo, nos confesó a todos y nos dio una charla. 

¿Y qué te pasó?

Lo miraba y era cómo ver cómo le fluía la santidad, esa de la que me hablaba mi amigo. Porque cuando a vos te presentan a alguien, influye mucho lo que te dicen antes. Y a mí me decían que él hacía milagros “sanó paralíticos, a un chiquito que no caminaba le agarró las piernas y salió caminando, a otra persona que no veía la hizo ver, se metió a una sala de terapia intensiva en donde había 15 y salieron los 15 al otro día”. Todo eso me contaron de Rosa cuando lo conocí. 

De ese impacto a ir a declarar en Ciudad Judicial ahora por el tema de abuso, ¿qué pasó en el medio?

A mí lo que me impacta es que Rosa nos cuenta que en la comunidad que él fundó, el unía el pasado y el presente de la Iglesia, por eso San Juan Bautista. San Juan Bautista dice en el antiguo testamento que unirá ¿Que traía del antiguo?, toda la tradición eclesial, usar un hábito, todo lo litúrgico, bien conservador y lo nuevo era lo carismático y a mí me cerró por todos lados. Dije “qué bueno que está esto” y conozco 30 o 40 hermanitos, alegres y carismáticos que a la vez usaban hábitos y era todo muy lindo.  Y de ahí a Ciudad Judicial hay un largo camino, donde descubro que no era el santo que yo esperaba.

¿Cuándo empezaste este proceso de revelación?, ¿cuándo te empezaste a dar cuenta?

A los 3 meses ya empezó el periodo revelación. El primer año ya me tocó convivir con hermanos que tenían 4 o 5 años en la comunidad…

¿La comunidad estaba en San Isidro o en Salta?

Me tenía que tocar en Salta, pero como en San Isidro hubo mucha repercusión por mi entrada, el cura prefirió adelantarme, aunque no en vestimenta sino en años y arranqué a estudiar con los hermanos que ya estaban hace 4 o 5 años en la comunidad. El cura me decía que “para que los curas de San Isidro que dan clases te vean, vean que no estás loco, que no te obligamos”. Yo feliz de adelantar porque así iba a ser cura antes. Después sí me toco venir a Salta y hacer al noviciado y un año de pastoral como a todos. Fue fuerte.

Después, ¿qué pasó?

A los tres meses esos hermanos que ya tenían años en la comunidad veían que yo estaba en el círculo cercano de Rosa, que le manejaba, que hablaba con él, que entraba a su cuarto… y yo veía que ellos no entraban al cuarto, que ellos no tenían tanto acceso.

¿Cómo se comportaba Rosa?

Rosa no celebrada misa con todos. Él comía aparte, comía otra comida o salía a comer afuera. Todo lo que él le pedía a los demás que hagan, no lo hacía. Y yo le empecé a preguntar “Padre por qué o Padre por qué no” y él me decía que estaba enfermo, que tenía diabetes, que un padre tiene que ver y velar por sus hijos. Tenía todo un sentido que iba dando a su forma de proceder y uno le va creyendo, pero después te empieza a llamarle la atención. Vos decís “che ¿por qué no celebra misa el cura?, solo los domingos aparece y en la semana no celebraba (todos los días tiene que celebrar misa un cura), ¿por qué no reza? nunca rezaba con nosotros. ¿por qué come distinto?, bueno, está enfermito el Padre” me decía.

¿Qué te decían los otros hermanos?

Los más grandes me decían “vos estas acá por Jesús” y está la clase de respuesta “si vos seguís a Rosa, perdés, tenés que seguir a Jesús” y ahí fue que me respondí “y si, yo sigo a Jesús”. Y la parte de la oración, la parte de cómo vivimos un montón de cosas lindas, me hizo quedar con los hermanos. Porque es lindo vivir en comunidad con otros, cuando haces este camino, los curas están muy solos, pero esto era todos juntos, para adelante. Tenía mucho sentido bíblico y espiritual, muy lindo.

Y muy hippie…

Si, muy “jipón”. Había muchos jóvenes y en los retiros había mucha alegría hacia afuera. Hacia adentro, cuando empecé a vivir con los más grandes, me empecé a dar cuenta que no había muchas cosas muy buenas y, de golpe, uno se escapó. Y cuando se charla sobre el que se escapó “era un hijo de puta que bla bla…”. Yo no entendía todavía por qué la gente se escapaba…

¿Por qué utilizas el término escapar?, si se escapan es porque estaban encerrados y no los dejaban ir…

Se escapaban realmente, a la una de la mañana, cuando estaban todos durmiendo, agarraban sus cosas y se iban y nadie sabía dónde estaban…

El punto es ese: cuando usas ese término es porque te escapas de la cárcel, por ejemplo…

Para ellos, para los hermanos, para nosotros, era muy difícil enfrentar a Rosa y decirle “mira, me quiero ir”. “No, rompes la voluntad de Dios, te vas a condenar… el infierno… Satanás…” te decían. “Si Dios te llamó a estar acá, era un plan para vos, ¿vos vas a ir en contra del plan de Dios?, ¿cuánta gente se va a condenar porque vos eras el elegido de Dios para llevarlos a la salvación?” te decían.

Manipulación absoluta…

Si, una manipulación con todo el sentido. Vos estás metido ahí, pensando a full en las santidades y ves la vida del Santo de la Iglesia y ¿cómo es esa vida? A todos los hicieron cagar y vos decís “bueno…”.

Tres meses y ya empezaste a ver qué era lo que sucedía…

El Padre me sacaba a comer afuera, me llevaba a comer con mis papás días de semana, yo después tenía que seguir el horario programado para los hermanos, pero los hermanos veían que yo me iba y entonces era difícil porque te empezaban a juzgar y decían que yo tenía privilegios y yo no quería tener privilegios ante los hermanos. Me encantaba ir con el Cura porque yo estaba con un Santo y también quería descubrir por qué él era un Santo, por qué me ilusionaba con algunas cosas, pero uno quería justificar que él era Santo.

¿Cuándo te diste cuenta o cuando te enteraste de los abusos?, ¿cuándo ya no tuviste dudas y que te pasó?

En noviembre del 2013, volviendo de un fin de semana acompañando a un sacerdote. No voy a dar nombres porque estos primeros abusos son chicos que yo llevé a la Parroquia y me rompió el corazón, porque yo los llevé, yo los invité.

Te sentiste responsable…

No sé si es culpa o responsabilidad de decir “che, yo llevé a estos pibes y los abusaron y me enteré como un año y medio después”. Me contó un Cura porque los chicos fueron a hablar con él y le pidieron que no haga nada, que no diga nada y él les insistía en ir a la Policía. A los chicos los abusa otro hermano en un viaje de un retiro. Al tiempito, estos chicos empiezan con problemas, van a hablar con el Cura Pío, que es muy amigo mío y le cuentan todo. Le dijeron que no querían que nadie sepa, porque les deba vergüenza “porque el pueblo es chico, para que la gente no vaya en contra de la Iglesia y sobre todo para que no vayan en contra de vos y de Juan, porque ustedes siempre fueron buenos con nosotros”. Y Pío les dijo que vayan a la Policía, lo llamó a Rosa y él le dijo “no, no, no vayas a la Policía, hoy mismo lo echo al hermano ese”.

Sin condena por supuesto…

¡No! Se fue a su casa, está libre el pibe ese. Los chicos nunca denunciaron y yo me enteré un año después. O varios meses después y me rompió el corazón. Pío me cuenta porque yo le preguntaba “¿por qué los chicos no vienen?” y me dice y ahí le dije “bueno, es la primera vez que dudo de si quedarme o no en esta comunidad”.

Pero no fue por el Padre Rosa esa vez…

No fue por el Padre Rosa que esa vez actuó, si querés, los echó. Porque claro, se lo veía venir. Más adelante, ya a fines del 2014, en el verano del 2015, a mí me tocaba guiar unos campamentos cerca de Cachi y ahí un joven salteño me pide hablar y yo lo mando a hablar con otro hermano que era de mucha confianza. Este hermano viene y me dice “vos tenés que escuchar todo lo que yo escuché”. El hermano de ese chico, mantenía relaciones con un sacerdote de la comunidad, con el padre J. Ahora ellos están acá, están declarando…

P. y G.

P. es el que mantenía relaciones con el cura porque es gay y está perfecto. ¡Pero es el Cura! Lo descubrí en un chat homosexual y vino a mi casa. Y Rosa le dijo “si vos hablás, yo te hago perder tu trabajo”. Lo amenazó, a él y a su mamá.

La mamá de P.

Si. Rosa los amenaza y ahí este pibe me cuenta todo eso y fue la primera vez que me enteré de algo grave. Había otras cosas: hermanos que se escapaban, tal hermano que se fue de novio con tal, está bien… se rompía el sigilo confesional, pasaban cosas. Muchas cosas. Ahí nos juntamos los que estábamos organizando el campamento, les cuento y uno de los que estaba organizando conmigo, el hermano G.L., salteño, dice “a mí me pasó también, 3 veces, con tal hermano, tal hermano y con tal cura”.

¿Todos de la Congregación?

Todos de la Congregación. “Pero a tal hermano lo están por ordenar Cura” digo yo y recomiendo “vamos a decirle a Rosa”. Le digo a Rosa que hizo que lo ordenaran igual. Sigue siendo Cura. El hermano J. abusó de L., le metía la mano y L. se paralizaba. Ahí terminaron esos campamentos y también fue un lío. Había mucho tema con la guita. Siempre la guita que uno juntaba para algo, la sacaban para otra cosa.

Segunda noche de la experiencia, estábamos G., J. que había escuchado una denuncia y era mi amigo, R. y yo. Empiezo a contar lo que pasó y R. dice “a mí también me pasó: a mí un hermano me trató de tocar”. Mira mi inocencia que digo “¡pero la puta madre! llamémoslo ya a Rosa y le contemos, porque no puede ser”. Y lo llaman a Rosa, no atiende y lo llaman a J. que dice “¡¿A quién le contaste?!, ¡¿qué le dijiste?!”. Ese mismo día me llama Rosa y me dice que tenía que ir a tal casa porque me necesitaban. Agarro mis cosas y me voy a las 3 de la mañana y me ponen a trabajar en construcción en Finca la Cruz, sin explicarme nada.  De ahí volvemos a Buenos Aires porque ya arrancaba el año de estudio. Llego, jugando al futbol, un partidito un martes, con los hermanos, me lesiono el tobillo izquierdo. Voy a hacerme una resonancia y a ver un médico, a la casa de un matrimonio amigo en San Isidro donde estaba comiendo un Cura, Ignacio Dott, que me conocía de chico me pregunta “¿cómo andas Juan?, un día me gustaría hablar con vos, venite y hablamos”. A todo esto, mi amigo J. habla con un Cura amigo de San Isidro que le dice “che salí de ahí porque todo esto es grave”.

La advertencia ya estaba…

Antes de todo esto, yo no había registrado que una noche del campamento, me junto en la cocina a hablar con las monjitas, con G. y con J. que éramos los que lo organizábamos y les cuento lo que pasó. “Este año se escapó tal, pasó esto, parece que hubo quilombo, Rosa tal, bla bla bla…” y había una monja que yo no vi y escribió lo que yo digo y se lo mandó a Rosa. Vuelvo esguinzado a Buenos Aires y me dan permiso para irme a descansar a mi casa. Cuando estoy en mi casa, me llama Rosa y me dice “¿che, puedo ir a hablar con tus viejos?” a lo que respondo “si dale Padre, venite”. Terminamos de cenar, nos vamos al living de mi casa, papá, mamá, yo y Rosa. “Adriana, José, ustedes saben que yo los quiero mucho, a Juancito lo quiero un montón, hace cuanto tiempo que venimos juntos, pero tengo una muy triste noticia. ¿Vieron ustedes que Juancito desde chico es muy conflictivo? A él lo echaron del colegio a los 5 años (era vedad), después tuvo conflictos en el colegio y a los 16 años se agarró a pelear con un profesor, se escapó de la comunidad. Pero ahora cometió un delito muy grave, que es motivo de expulsión. Yo acá traje un papel, firmado por 4 hermanitas” dice. Era mentira porque después hablé con ellas y ellas nunca firmaron. Estaba la que declaraba a favor, que se quiso suicidar hace unas semanas. Y dice “sí Juan no pide perdón por todo esto que dijo, que son delitos eclesiales, delitos graves, yo procedo a leer todo lo que él dijo”. Agaché la cabeza y me acordé de un pasaje bíblico que dice que el día en que no nos podamos defender, Dios nos iba a defender, y pedí “Dios defendeme”. Fue la primera vez que me planté, lo miré a los ojos y le dije que proceda a leer. Ahí decía que “él había ordenado hermanos que habían hecho cosas malas, lo de los abusos, lo de J., lo de la economía, un montón de cosas tremendas”. Él solo se pisaba el palito frente a mis papás, porque leyó todo eso. Pero mis papás lloraban, estaban re mal. Fue una manipulación muy fuerte. Y ahí dijo “la opción que yo tengo, para no expulsarlo, es que él se vaya un año de clausura: una clausura en el medio del campo solo a meditar sobre todo esto que está diciendo”. Le dije “no Padre, yo no me quiero clausurar”. Y les dijo a mis papás que nos dejen, que íbamos a hablar. Mis papás se fueron y ahí me dice “¿qué vamos a hacer?” Le respondí que quería seguir estudiando y me dice “bueno, déjame hablar con el consejo y te aviso”. Se va y me quedo re mal, imagínate. A los días vuelvo a la congregación y Rosa frente de todos los hermanos cuenta todo lo mío, sin decir mi nombre. Y ahí es cuando habló con mi amigo J. Me dice “mañana me voy a ir”. La verdad es que me salvó, fue mi mejor amigo, que era al que yo lo metí, mi hermano desde chico. Bueno, esa noche no dormí. Al otro día le digo “90 que me quedo y 10 que me voy con vos” al primer recreo le digo “70 a 30”, al segundo recreo “50 a 50”. Llegó el mediodía y le digo “bueno, me voy con vos”. Yo era el secretario, tenía todos los documentos, entonces podía agarrar lo que yo quería. Vamos y decimos “che, nos vamos”. Nadie se iba, todos se escapaban. Nos hicieron firmar unos papeles y fuimos a buscar nuestras cosas. A la mañana había rezado y le había dicho a Jesús que “mi única condición para irme, es irme a vivir en un lugar donde estés vos, que esté el Santísimo, dame esa señal” y cuando abro la puerta para irme estaba el cura Dott, el de la casa de la familia que yo había llevado. “Te vine a ver, ¿te acordás que me dijiste?” me recordó y le respondí “me estoy yendo”. “No, ¿cómo que te estas yendo? entremos, vamos, sentémonos” pidió. Entró, saludó a todos los hermanos, que eran como 30 y nos fuimos a un living a hablar. Adentro lo que dicen es que yo llamé a un Cura de San Isidro para que venga y me lleve. ¡No!, ¡Era la señal de Dios!

La tomaste como señal…

Nos sentamos con Ignacio, le contamos todo y el responde “vénganse a vivir conmigo”. Cuando él dice eso, yo hice el click de la oración de la mañana, era muy espiritualista todavía. Y nos fuimos a lo de Ignacio, le contamos todo y él llama al Monseñor (Oscar) Ojea y al otro día vamos a verlo y le contamos todo entre lágrimas. “Esto es muy duro” dice y pregunta “¿puedo rezar por ustedes?”. Rezó. “Bueno, escriban una denuncia y empiecen así: A pedido de Monseñor Ojea, vamos a relatar todos los hechos que vivimos en la comunidad”. Empecé a escribir, estuve 10 días escribiendo 27 hojas, el 7 de abril entregué esa denuncia en la Nunciatura de Buenos Aires y ahí empezó todo.

Y de ahí pasa a la justicia…

No. Ahí fue muy duro el camino, se empiezan a escapar hermanos. Ese año se escaparon como 80. Venían, me hablaban y me decían “che, yo quiero denunciar” pero también estaba el que me hablaba para ver qué pasaba y, al revés, para probarme. Ahí se empezó a promover esta idea loca de que yo quería destruir el Instituto porque no habían querido ordenarme Cura, toda una mentira. A mí ya me tocaba, ese año terminaba. Un Cura se escapa, lo busco de noche y al otro día vuelve y se autoacusa por haber tenido relaciones con J. que le decía “chúpame la pija”. Abusado. Se quebró.

El paso de la denuncia de la Iglesia a la justicia fue traumático también me decías… 

Fue traumático. Primero hubo una entrega de 20 o 25 denuncias de hermanos que se iban a las autoridades eclesiales. De la Iglesia no hubo respuestas, hasta que Ignacio fue al Nuncio y le dijo que, si no había respuestas, empezamos con los medios. Ahí, nombran a Monseñor (Luis) Stockler de Quilmes para que investigue. Mandamos copia (de las denuncias) a Monseñor (Mario) Poli, a Monseñor (Mario Antonio) Cargnello, al Papa Francisco. No había forma de esconder todo esto y todos sabían en la jerarquía de la Iglesia lo que estaba pasando. Stockler, un inútil…

¿Y qué pasó?

“Juan Bo es el demonio” como si yo tuviera peso frente a todo lo que venía. Y ahí hablamos con Miriam Lewin de TN y ese año, en diciembre, se escapa el hermano J., que se había querido suicidar. Sus abuelos son de San Isidro y va para allá y me contacta. Rosa le había dicho que yo estaba loco, que era un enfermo, pero confía en mí: me habla y me cuenta todo, pero yo me iba a Australia, me recibía y me iba 2 meses a despejar la cabeza de todo este quilombo. Estando en Australia, me llama J. y me dice que quería denunciar. ¡J.! del que nadie lo esperaba: flaquito, chiquito, voz de pito. Fue y denunció en Ciudad Judicial. Después se sumaron V. y J.

¿Hubo gente que no quiso denunciar?

¡Hay un montón que no se animan a denunciar por miedo, por amenazas! Eso fue en enero del 2016. Empezamos la investigación con los medios, cuando sale en TN la justicia de Salta da la respuesta a la denuncia radicada y la Iglesia empezó a dar respuestas. Lo sacan a Stockler y lo ponen a Monseñor (Martín) Elizalde que es mucho más Padre, más accesible, se puede charlar con él y me escribe siempre preguntado “¿cómo estás?”. Ahí la causa empezó a avanzar de a poquito.

¿La Iglesia de Salta y de Buenos Aires intentó encubrir a los denunciados?

Si, encubrieron todo. Rosa sigue siendo Cura, J. sigue siendo Cura. En la Fiscalía hay tres denuncias, pero eclesiales hay un montón y hay un montón de implicados. Pero la denuncia eclesial requiere que vos denuncies, al año confirmes tu denuncia declarando ante un notario y un Cura durante 6 horas. Al año, otras 6 horas, frente a un Monseñor… Monseñor (José Luis) Mollaghan, que era el encargado que cuando a mí me tocó esa segunda declaración, me quiso incriminar y a hacerme sentir que yo era el culpable de las cosas que Rosa había hecho. Eso es un sistema encubridor.

¿Monseñor Cargnello estaba al tanto?

Siempre estuvo al tanto. Hubo decenas o centenas de denuncias antes de las que yo hice y siempre terminaron en manos de Cargnello. Sabía de los abusos y siempre lo supo.

¿Cuántos afectados calculas que hubo?

Es un número muy grande. Para mí, más de 100 desde que empezó todo esto.

¿La situación te mató la fe o te mató la fe en los hombres?

Es buena la pregunta. Esta situación no me mató la fe y no me mató la fe en los hombres. Me ayudó a distinguir que hay hombres que eligen ser buenos y hay hombres que eligen ser malos o que toman decisiones que los hacen ser malos, que su debilidad los lleva a la maldad por elección. Hay otros que son enfermos y ya no pueden elegir. Pero si, me minó mucho la fe en la Iglesia como institución y en las autoridades eclesiales. Lo distingo de la Iglesia pueblo, de la Iglesia que busca el bien, de la Iglesia que busca lo sagrado, que busca la trascendencia. No sé si creo en Jesús o no, no sé si creo en la Virgen o no, no me lo cuestiono tanto hoy. ¿Me siento en las manos de Dios?, sí. ¿Siento que mi vida tiene sentido?, sí. ¿Tengo ganas de vivir? Mucha. ¿Soy un apasionado de vivir?, sí.

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Director

Eduardo Huaity González

Redacción

Macarena Maristany, Gonzalo Teruel y Estanislao Dieguez.

Colaboradores

Ernesto Bisceglia, Gustavo Ítalo Yanicelli y Julio Frías

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Salta, Argentina