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Carusito y su suerte

¡Tarea concluida! Al menos por hoy. Las horas en la oficina eran interminables y esperaba con enorme ansiedad, minuto a minuto que el reloj marcara las ansiadas 6 de la tarde.
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¡Tarea concluida! Al menos por hoy. Las horas en la oficina eran interminables y esperaba con enorme ansiedad, minuto a minuto que el reloj marcara las ansiadas 6 de la tarde.

Era el instante donde se abrían las puertas de la libertad. El Correo era un laburo que le permitía cubrir sus gastos, el alquiler del pequeño departamento y algunas pequeñas cosas más.

´Tanto le había costado conseguir ese puesto, que recién pudo acceder cuando su padre pudo jubilarse. No podían convivir ambos dentro de la empresa, según las normas que establecía el estatuto. No era la gran cosa, pero te daba seguridad.

Un sueldo asegurado, vacaciones de 15 días al año, y alguno que otro permiso de vez en cuando que lograba obtener por su perseverancia y por la buena relación que tenía con su jefe, con el cual, los viernes, sin excepción, compartían una birra a la salida y aprovechaban para tener algún diálogo distendido y mirar algunas chicas lindas que asistían a algún bar de la zona.

Pero a partir de las 21hs del viernes y el fin de semana era todo para él. Sin horarios y a producir lo que realmente le gustaba. A la noche, el ¡KARAOKE!

El Colegio de niños Cantores había sido sin saberlo, la mejor decisión de su madre para su tránsito escolar. De pequeño no se había destacado nunca, no tenía grandes aptitudes musicales, pero se las arreglaba con un constante aprendizaje y rodeado de sus compañeros que tenían como principal actividad la música.

Tampoco había podido sacarle provecho a la enorme cantidad de clases que había tomado de flauta, guitarra, acordeón a pesar de que lo había intentado con cuanto artefacto musical se la ponía cerca. Lo mejor que había logrado era aporrear el bombo legüero que le habían regalado a los 15, cuando había armado un grupito musical folklórico con sus compañeros del colegio.

Con más audacia e inspiración, lograron ensayar e incluso con algún eventual buen momento, grupos musicales de música funky, rock o baladistas. Pero había algo que le era propio. El tono de voz. Era un “tenor” natural.

Los pibes le decían en las fiestas o asados al que concurría: “¡dale, dale Carusito, Mandate un tema!,¡Imitálo a Pavarotti, o cantate algo de Andrea Bocelli!

Él se disponía gustoso a mostrar sus dotes. Claro que la estatura, su no más de 1.60, no lo ayudaba, y siempre se subía a alguna silla para que de algún modo acompañar la imagen con la voz. Se veía a sí mismo como el futuro Rick Astley, impregnando de románticas melodías a las soñadoras radioescuchas del momento. Algún día lanzaría ese “temón” que daría que hablar en todas las radios.

Y el lugar para su lanzamiento era el Pub Bar CkubY, del “Roly”. Un amigo del barrio, que siempre le había gustado la noche y había logrado poner un local que por entonces gozaba de cierta popularidad en las concurridas noches calurosas de la Rioja. Era un loco piola. Le permitía cada vez que iba a subir al pequeño escenario a cantar, haciendo un cover con viejos temas de Barry White, o de Il Divo. Recibía algunos aplausos, ya que se destacaba entre los amateurs que también, con algunas copas en exceso, subían a canturrear entre risas, las mal cantadas canciones.

Él prácticamente, en comparación, era casi un profesional. Y algún día, tenía la esperanza, de que algún eventual asistente, fuera un productor artístico que lo descubriera y lo lanzara al estrellato.

Esa noche, especialmente calurosa, había el lanzamiento de una nueva marca de cervezas que se presentaba al mercado. Había mucha gente, que había concurrido con el atractivo especial de que había “canilla libre”. Además, habían asistido fotógrafos profesionales con promotoras muy atractivas para la ocasión, y los que se suponían eran los dueños del emprendimiento comercial.

¡Era la oportunidad de mostrar sus dotes! Y allí estaba él, el artista de la noche, para deleitar al público. Pidió un vodka con jugo, más que nada para dar el “fisic du roll” del tipo canchero, seguro de si mismo, revolviendo los hielos de su vaso con relajación.

En cualquier momento lo llamarían para subir, muchas luces mediante, al escenario. La concurrencia estaba ansiosa por escucharlo.

Había seleccionado para esa noche un par de temas de “onda”, y uno especial, para el seguro “bis” que le pedirían. Bebió de un trago lo que le quedaba en el vaso y al momento de que mencionaron en los parlantes su nombre, raudo subió a la tarima.

Con los brazos en alto cual si fuera Ricky Martin saludando a la multitud en un concierto en la cancha de River. El bullicio era importante entre la apretujada muchachada del fondo del salón detrás de las mesas ocupadas por pequeños grupos, entre silbidos, gritos y murmullos, le anticipaban la idea de que recibiría un “furioso aplauzo” al concluir sus temas.

Y comenzó. Blandiendo en su mano el micrófono y marcando el ritmo con su pie derecho sobre las tablas, como si hubiera una orquesta al estilo “Luismi”, detrás de él.

Detrás de él, solo había una pantalla de medianas dimensiones que, con imágenes de paisajes poco interesantes, dejaban ver el transcurso del contenido de la letra de la canción.

Había demasiado humo y olor a cervezas, de vasos que se llenaban y vaciaban a la misma velocidad. Era una noche de mayor excitación a la acostumbrada. Las risotadas se escuchaban por momentos tapando el sonido de los parlantes.

Algunos vociferaban algunos piropos irreproducibles a las chicas que con atuendos exageradamente sexies habían asistido esa noche. El público era un caos. Las luces le impedían ver al gentío. Entre el tumulto de la gente, vio una vertiginosa sombra que hacía una parábola rozando el techo del salón.

De repente el silencio se hizo ensordecedor. Fue como un cortocircuito. Una botella de cerveza revoleada desde las sombras por un anónimo irresponsable, le había acertado en medio de la frente.

Roly estaba a su lado, tomándole la mano. Al abrir los ojos veía todo como detrás de una bolsa de nylón. El dolor de cabeza era la sensación más tangible y el desconcierto.

Balbuceó un ¿“dónde”? y un ¿“que pasó?”. Una enfermera se disponía a insertar una aguja en su brazo con el suero que colgaba al lado de su cama. Sobre la pequeña mesa de ruedas, había un desayuno sin probar y el diario “El Riojano”.

Su amigo se apresuró a tomar el periódico y mostrarle la contratapa. Todavía no podía enfocar su vista y veía todo doble. Lentamente se incorporó intentando mirar las fotos y leer los títulos.

¡Lo había logrado! Estaba en los diarios, en las noticias y en boca de todo el mundo. ¡Ya había

alcanzado la fama!

En la sección de policiales rezaba: “Cantante en coma por agresión de alcoholizados en un conocido Pub del centro de la ciudad”. Más abajo, mencionaban su nombre y el relato del hecho y el repudio generalizado de la comunidad.

Roly metió la mano en el bolsillo de su saco y extrajo un papel de un sobre de correo. Se puso sus lentes de aumento y extendiendo el papel comenzó a leer en voz alta mientras de reojo observaba las reacciones de su amigo.

“Por tal motivo, queremos contratarlo para que Ud. sea nuestra imagen y la voz de nuestra próxima campaña publicitaria, etc… etc… ¡Los ceos de la empresa de Cervezas, le ofrecían un contrato!

En ese momento comprendió que los esfuerzos para lograr el éxito no solo dependen de la constancia y el talento. Dependen de un gran un ¡“golpe de suerte!

Lucio Fernández

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Eduardo Huaity González

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