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Bárbaros: Las ideas no se matan

Sin ideas, y con las pocas que intentan posicionarse combatidas desde el poder, el futuro del país se encamina hacia una decadencia insondable y peligrosa.
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La frase “Las ideas no se matan”, retrotrae al recuerdo de un Domingo Faustino Sarmiento tomando el camino del exilio, escribiendo esa máxima con carbón, bajo el Escudo del País, alejándose de la intolerancia y proscripción, dos categorías que en la historia argentina han tomado rango de características sociales.

No solamente la intolerancia y la proscripción han sido males políticos, sino también sociales, religiosos, culturales y hasta étnicos. ¿Quién no ha sido proscripto alguna vez en la Argentina? Desde 1810, los revolucionarios ejercieron la intolerancia más recalcitrante contra aquellos que no comulgaban con sus pensamientos; el fusilamiento de Liniers es emblemático. Dorrego, Marcos Avellaneda, el “Chacho” Peñaloza, los obreros de la Patagonia, y desde allí en un gran trazo hasta el asesinato del General Juan José Valle y los muertos de los bandos violentos setentistas.

Persecuciones culturales representadas en libros quemados, autores y compositores exiliados o prohibidos. Persecuciones religiosas, políticas e ideológicas. En fin, en el tramo de la bicentenaria historia argentina se puede decir que no hay ningún gobierno, partido, personaje o ciudadano que pueda tirar la primera piedra.

Ahora bien, en tiempos donde la historia se vive en tiempo real y se arrasan poblados en nombre de la democracia liberal y los intereses estratégicos de un Occidente en el pináculo de su decadencia, como diría John Lennon, hay que darle una “chance a la Paz”.

El diagnóstico sobre lo que ocurre es una tarea sencilla que requiere tan sólo abrir los diarios o ver un noticiero y se verá el menú más completo de una violencia en grado de paroxismo. Violencia que también asume la forma de la palabra. El hombre actual utiliza mucho la palabra como arma para ejercer violencia contra su prójimo, ya sea calificándolo –o descalificándolo-, censurando, adjetivando. Esa violencia resiente, queda anidando el rencor, como toda violencia.

Pero la más preocupante en un Estado de Derecho, es aquella violencia que se ejerce contra las ideas, que en el fondo conlleva además un rechazo a la democracia misma, ya que este sistema se nutre precisa y básicamente de ideas.

La hora requiere armarse, pero de ideas, donde la libre expresión ha de ser el arma de combate a utilizar, porque como decía justamente Sarmiento, “combatir es realizar el pensamiento”, y no es el sanjuanino uno de los hombres favoritos de quien escribe, pero tiene razón.

Es que el progresismo bien entendido no es licuación de los valores sociales y democráticos, sino por el contrario. La Generación del 80, con todos sus defectos, fue eminente progresista y visionaria, supo colocar al país entre las grandes naciones del mundo. Quizás fue por eso, porque fue progresista y no “progre”, apócope que al parecer también alcanza a las ideas y a las acciones.

Demostraron que educar no era peligroso, sino por el contrario, que las ideas debían correr como arroyos de sabia entre los meandros de la sociedad para alimentar el conocimiento. Cuando una Presidente se al uso de neologismos posmodernos, ataca el idioma que es el mayor patrimonio de una sociedad. Andrés Bello decía que “La lengua es un vehículo de identificación y construcción nacional”, hoy las generaciones salen de las escuelas sin saber hablar, por lo tanto tampoco podrán pensar; es decir, son generaciones indefensas.

La sociedad está ahora al arbitrio de los maquiavélicos y más perversos designios de grupos de poder que anidan y encallecen en los gobiernos, generando una nueva clase social: la de ricos sin prosapia, sin cultura y sin abolengo. Ni siquiera son una aristocracia sino plutocracias al servicio de sus propios intereses. Más abajo, la masa languidece en una oscuridad cultural cada vez mayor.

Sin ideas, y con las pocas que intentan posicionarse combatidas desde el poder, el futuro del país se encamina hacia una decadencia insondable y peligrosa. Porque no se trata únicamente de escuelas, sino también de talleres, de fábricas, de técnicos, de profesionales, todos con bases culturales maltrechas y por lo tanto con ideas podadas.

En esta hora en que se avizora la necesidad del cambio, en que el régimen se abate a sí mismo en su inoperancia y soberbia, vienen a reclamar su lugar aquellas sabias palabras de los forjadores del pensamiento nacional: “Hombre, pueblo, Nación, Estado: todo está en los humildes bancos de la escuela”. Y en el debate de ideas, claro.

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