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Aguafuertes de cuarentena

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Vamos a decir algo con lo que todos concordamos: esto nunca lo imaginamos. Las cuarentenas eran cosa de la era pre vacunas, del medioevo, algo ligado en nuestra imaginación a la Peste Bubónica, al refugio muchas veces mortal dentro de catedrales góticas, a la quema de brujas. No al siglo XXI, nunca al siglo XXI. 

Por Eduardo Robino

Cuesta hasta decirlo: Hollywood y las series post apocalípticas de Netflix se nos adelantaron. No importaba tanto que la ciencia afirmara que algún día llegaría de nuevo un virus. No importaba que Bill Gates lo haya avisado con, por lo menos, cinco años de anticipación. No importaba que el VIH se encuentre en todo el planeta: a mí no me va a tocar y, si me toca, ya hay tratamientos; el VIH es como la diabetes. No importaba el ébola en el continente Africano: África está lejos, allí siempre hay hambre, siempre problemas. África es otro mundo.

En un mundo donde podes desayunar virtualmente con alguien que está en Italia, donde en un celular tenés acceso a más música que la que puedes escuchar en quinientas vidas, donde todos los días la ciencia médica, la robótica, la ciber y la biotecnología nos deparan sorpresas casi inimaginables, en un mundo de efectos especiales y de sondas espaciales esto no podía imaginarse. Una vez más la realidad nos abofeteó con fiereza: sí, sí podía. Y pasó. Y la velocidad de la propagación fue la de los inventos que ayudaron a aumentar el confort y abolir las distancias: aviones, barcos, trenes, automóviles. La distancia existía de un modo nostálgico para nosotros. Para el virus la distancia nunca existió.

Hay una cuestión que me llama mucho la atención sobre las potencias más grandes del presente, China y Estados Unidos; le sumo a Inglaterra,  la gran potencia de los siglos XVIII y XIX, y también a  Brasil, el gigante latinoamericano. Estos países priorizaron lo económico por sobre las sugerencias de sentido común de la salud pública. China, minimizando y hasta negando el peligro del coronavirus, como si este no tuviera derecho, ni posibilidad, de doblegar al gigante asiático. Inglaterra, Estados Unidos y Brasil aún peor: con información ya, esquivaron las medidas imprescindibles de cuidado de la población. Inglaterra, mientras Italia, Francia y España hacían cuarentena aún festejaba goles dentro de las canchas de fútbol. Y Brasil, con el delirante y mesiánico Bolsonaro apoyado por algunos grupos evangelistas, tratando a la enfermedad como “gripecita”, o aludiendo a la fortaleza de los brasileños por fuera de la genética del resto de la humanidad. Pero estos dirigentes no están simplemente locos: están en guerra. Y las bajas no se encuentran en las fronteras ni fuera del suelo patrio: las bajas están en las propias ciudades, las campiñas, los lugares emblemáticos y los turísticos, los supermercados, colegios, hospitales, shoppings, etc. En el caso de China y Estados Unidos, su enemigo no es tanto el virus como la debacle económica, es la perdida en la lucha por ser caput mundi, por su poder, influencia y capacidad de doblegación sobre las naciones del planeta. En el caso de Inglaterra y Brasil en el terror a quedar por fuera del pequeño núcleo de poder de las naciones. Y, por supuesto, en todos, la terrible desesperación de ver la posible caída de los muros hacia dentro de la propia nación: empobrecimiento masivo, desempleo, cierre de empresas y levantamientos sociales. Reaccionaron muy tarde, pero sin inocencia. Y su búsqueda desenfrenada de culpables externos no hace otra cosa, para los medianamente informados, que señalarse a sí mismos en un intento patético por esquivar tanto la responsabilidad como la culpa: Estados Unidos, en esta dirección, hizo hace poco un informe visual para la población culpando a China y a la Organización Mundial de la Salud digno de Joseph Goebbels y los más avezados y originales creadores de teorías conspirativas. 

Entre las muertes por coronavirus de parte de la población – y el virus ataca por sobre todo, en un grandísimo porcentaje, a personas ya jubiladas y ancianas, es decir, improductivas y que producen un gasto altísimo a los estados- y el terrible golpe en lo económico: ese es el dilema sobre el cual deben decidirse los países. Parece bíblico. Y la gran mayoría de los países viene decidiendo, semana a semana, con marchas, contramarchas, calibraciones, cesiones, sacrificios.  La humanidad, como tantas veces, decide la dirección del timón. Todas las generaciones lo hacen, en cada década, en cada lustro sucede. Y esos golpes de timón describen nuestra época, nuestros logros y conquistas, nuestros miedos, nuestras miserias. En el presente no tenemos respuesta a muchas preguntas, el futuro y sus interpretaciones lo responderán por nosotros. Me asusta hacia dónde van las naves, me preocupan los habitantes que juzgarán este tiempo.

Este espacio fue propuesto por el editor como un espacio de reflexión psicológica. Esto lo es, según un modo muy libre y particular. Es un planteo de las interrogaciones sobre las características del macrosistema en el momento actual, y que influye, desde lo simbólico y hasta lo cotidiano, en todos nosotros.  Hay una frase -creo que originalmente fue escrita por un historiador, y erróneamente adscripta a Fidel Castro – que implica lo que estamos amasando con las decisiones del presente: “Los hijos se parecen menos a sus padres que a la época en la que viven”. Y a las decisiones morales que se toman en estas épocas, por supuesto.

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